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Una Batalla sin Precedentes

Como podrá constatar el lector, de todo lo que está ocurriendo en el mundo y de sus respectivos propósitos se desprende que estamos envueltos en una gran batalla espiritual, que ahora ya se ha vuelto dramática, violenta y tenebrosa, toda vez que estamos por llegar a su conclusión, de la que resultará un vencedor y un vencido.

En efecto, ya el Génesis incoa o anuncia esta batalla suprema y que se manifiesta en toda la tierra. Fue a raíz del primer pecado del hombre cuando el Señor Dios establece la enemistad:

"Pondré enemistades entre ti y la Mujer, entre tu descendencia y la de Ella. Y tú le asecharás el calcañar y Ella te aplastará la cabeza." [1]

Y esta batalla que se ha venido desarrollando en los siglos ha adquirido mayor dramatismo conforme nos acercamos hacia su final, pues ya el último libro de la Revelación, el Apocalipsis, nos habla de un "dragón de siete cabezas y diez cuernos en contra de una mujer revestida del sol (...) que gime dolores de parto" [2]

Esta batalla es una lucha que envuelve a varios personajes: Cristo como cabeza de la Mujer; María Santísima como símbolo de la Mujer, al igual que la Iglesia fundada por Cristo, y en ella a todos los fieles que pertenecen como sus hijos y, por extensión, a todos los hombres de buena voluntad. Y por el otro lado está la antigua serpiente, quien es Satanás y los demonios que se rebelaron desde el principio de los tiempos a su Creador y que con el poder del infierno están desplegando el mayor ataque que los siglos han conocido, pues saben que les queda poco tiempo[3], y junto a estos seres preternaturales y diabólicos, hombres que hacen alianza con el enemigo por múltiples causas y razones.

Así lo confirma el Concilio Vaticano II: "A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que iniciada en los orígenes del mundo, durará, como lo dice el Señor, hasta el día final."[4]

Fue Juan Pablo II, cuando era entonces Cardenal Arzobispo de Cracovia, con ocasión del Congreso Eucarístico en Filadelfia en el año de 1976, quien no dejó lugar a dudas de esta batalla sin precedentes:

"Estamos ahora ante la confrontación histórica más grande que los siglos jamás han conocido. Estamos ante la lucha final entre la Iglesia y la anti-Iglesia; entre el Evangelio y el anti-evangelio (...)Pero es una lucha que descansa dentro de los planes de la Divina Providencia."[5]

La lucha de la Iglesia y del Evangelio de Cristo en contra de las fuerzas del mal se ha dado desde sus orígenes y se plasma en la parábola del trigo y la cizaña, pero ahora hemos llegado al final de esta batalla que realmente muy pocos perciben en el mundo actual, y que los hace incapaces de discernir los signos de los tiempos y entender lo que está pasando en el mundo de hoy en su más profundas causas ontológicas, "porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni tampoco entienden. "En efecto, en ellos se cumple la profecía de Isaías, que dice:

"Ustedes oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar y no verán. Porque el corazón de este pueblo se ha vuelto insensible, han cerrado sus ojos y tapado sus oídos, con el fin de no ver con los ojos y no oír con los oídos, ni comprender con el corazón" [6]

En esta guerra no escapa nadie. Todos los hombres están envueltos e inmersos y aunque los actores principales tienen un origen preternatural, seres invisibles que como demonios despliegan todo su poder angélico y astucia, son los hombres los que día a día libramos las victorias y derrotas. Así vemos varios frentes:

La batalla de la cultura de la vida vs. la cultura de la muerte. Los que apoyan principalmente las prácticas del aborto argumentando razones sin razón para cercenar desde el seno materno la sacrosanta vida que Dios ha infundido por su poder Creador desde el momento de la concepción. Este es uno de los delitos y pecados que más claman al cielo, pues la sangre derramada – muchos lo desconocen – es ofrendada al mismo Satanás. Se han recrudecido todas las manifestaciones anti-vida y lo peor está por venir. En esta lucha contra la cultura de la vida se encuentran las expresiones egoístas del hombre que llevan a toda clase de asesinatos, luchas fraticidas, terrorismo de diversa índole, guerras y todo aquello que lleva sin derecho alguno a arrancar la vida del prójimo de la que sólo Dios es dueño.

También está la batalla de los derechos de Dios vs. los derechos de los hombres, que en un alarde de afrenta contra el Creador se violan los preceptos de la Ley Eterna y la Ley Divino-Natural en pos de actos contra natura como son la homosexualidad, el lesbianismo, el "matrimonio" entre personas de un mismo sexo y la adopción de menores por éstos.

La batalla entre la verdad y la mentira donde se promueven a través de los diversos medios de comunicación, oral y escrita, falsas filosofías y nuevas creencias, medias verdades, pensamientos esotéricos y ocultos que injurian  a la Verdad anunciada por Jesucristo, a Su Persona, a Su Doctrina, a la fundación de Su Única y Verdadera Iglesia, a la Santísima Virgen, a la figura del Papa y su potestad como el Vice-Cristo en la tierra, etc.

La batalla entre la moral y la inmoralidad, donde se promueven anti-valores familiares, la ley del divorcio, la promoción de anticonceptivos, relaciones pre y extra-matrimoniales, que han llevado a socavar los cimientos de la familia cristiana.

La batalla entre la libertad y la esclavitud, donde el estado niega la trascendente dignidad del ser humano como hijo de Dios, violando sus derechos de libertad, de amar al único Dios verdadero, de profesar la religión y la Iglesia fundada por Cristo; en definitiva de lograr conquistar el bien común de la sociedad para que pueda perfeccionarse humana y espiritualmente.

Pero lo más tenebroso de esta batalla es lo que se ha dado al interior de la Iglesia, la que han propiciado aquellos que debieran ser luz, ser ejemplo de vida, guías para los demás pero que se han convertido en aliados del enemigo y del demonio, por su amor al dinero, a los honores, a los placeres y a la búsqueda de reconocimiento personal, y que en medio de intrigas y murmuraciones han llevado a sangrar internamente a la misma Iglesia de Cristo. Es así como se explican las palabras que dijera el Cardenal Ratzinger en el rezo del Vía Crucis en Roma, en el año 2005, poco antes de ser nombrado Papa:

"En esta hora de la historia, vivimos en la oscuridad de Dios". Son tonos obscuros y dramáticos en sus reflexiones sobre la realidad; una vez más, la sugestiva imagen de los males que afligen a la Iglesia: "Señor, a menudo tu Iglesia nos parece una barca que está a punto de hundirse, en la que entra agua por todas partes". La barca tiene necesidad de un timonel vigoroso que le haga superar la tormenta. La reflexión insiste: "Vemos más cizaña que trigo. La vestidura y el rostro tan sucios de tu Iglesia nos preocupan. Pero somos nosotros mismos quienes la manchamos. Somos nosotros los que cada vez traicionamos"[7]

Esta es la realidad trágica que nos revela el Misterio de la Iniquidad o del mal del que hablaba el Apóstol Pablo. Quizá sea esta terrible crisis que incluye a la Iglesia, la que explicaría por qué a su misma Madre, a María Santísima, Madre de la Iglesia, se le ha llegado a censurar, a callar, e incluso a perseguir. ¿Cómo es posible que si nuestra Madre ha venido en nuestro auxilio para alertarnos de los tiempos que estamos viviendo, de la crisis que estamos experimentando y cómo prepararnos, se le hayan cerrado las puertas y venga a resultar ahora que no pocas manifestaciones de Ella que por sus frutos espirituales y su mensaje muestran que la Mano de Dios estaba presente, sean ahora perseguidas y reprimidas por los mismos pastores de la Iglesia?

Este es el gran signo de contradicción que envuelve al Misterio de Dios. Pero lo que está en juego no es poca cosa; es el destino de la humanidad y de la Iglesia. O se establece el Reino de Cristo en la tierra por medio de María o no se establece. O se cumple el plan querido por Dios desde el principio de los tiempos o no se cumple. Dicho en otras palabras, es necesario saber y conocer cuál era el propósito del Plan de Dios para el hombre desde el principio de los tiempos, para poder entender lo que está sucediendo ahora en esta batalla conclusiva del final de los tiempos, y lo más importante, lo que nos espera.

Es decir, el Plan de Dios tuvo un principio querido por Él, y tendrá un final en que se cumplirá lo que se propuso desde siempre. Se cumplirá admirablemente el texto de Pablo a los Efesios:

"Dios ha querido ahora darnos a conocer el misterio de Su voluntad... Lo que Él se propuso en un principio para realizarlo en la plenitud de los tiempos: hacer que todo, lo de los cielos y lo de la tierra, quede restaurado en Cristo, bajo su jerarquía soberana." [8]

Y es en la medida en que nos acercamos a este punto de la historia, en que la Escritura nos revela que el triunfo de Cristo está asegurado. Está anunciado por anticipado que en esta época la Iglesia tendrá un triunfo resonante y que habrá "cielos nuevos y tierra nueva donde more la justicia"[9], pero primero tendremos que pasar por una gran prueba necesaria para que se pueda establecer el Reino de Cristo en la tierra.

En el Apocalipsis revelado por Jesucristo, muerto y resucitado, le dice al Apóstol Juan: "Yo soy el alfa y el omega, el primero y el último (...) escribe lo que has visto, lo que ya es y lo que va a suceder más tarde"[10], y es en este libro de la Revelación donde sabemos lo que va a suceder en breve:

La derrota ("muerte") aparente de la Iglesia.

El triunfo del mundo que se opone a Cristo y a su Iglesia, por un breve tiempo.

El establecimiento del Reino de Cristo en la tierra por medio de la renovación de la Iglesia, de la mano de la Santísima Virgen María, y en la que se logrará restaurar y restituir el plan original de la Creación de Dios, como era en un principio, para que sea ahora y siempre y por toda la eternidad.

Así está escrito y así se cumplirá, pues Jesucristo dijo: "El cielo y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán"[11].

[1] 3, 15.

[2] 12, 1-4.

[3] I Ped. 5, 8.

[4] Gaudium et Spes, 37.

[5] Citado por Luis E. López. Los Últimos Tiempos.1991

[6] Mt. 13, 10-17.

[7] Citado por Luis. E López padilla. Dos Papas en Roma. México, 2007.

[8] 1,9 -10.

[9] II Pedro 3, 13.

[10] 1, 17-19.

[11] Mt, 24,35.

Luis Eduardo López Padilla

9 de Junio del 2012