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Apocalipsis: Desvelando el Rostro de Dios

Hay quienes piensan que el universo y la vida del hombre es un proceso natural, cíclico, enmarcado en el devenir histórico del cosmos, donde cada período se repite de tiempo en tiempo. Pero no es así. La existencia del hombre y toda la creación en general es un poema gigantesco, un poema dramático en el cual Dios se ha reservado el inicio, la trama y el desenlace.

Dicho teológicamente: Creación, Redención y Parusía. Los personajes de este poema son los hombres con el buen o mal uso de su libertad, junto a la acción diabólica de Satanás y todos los demonios; más el primer actor y director de la orquesta es Dios, con toda su Sabiduría, Omnipotencia y Perfección.

Por eso, ante el negro y terrible panorama que se avecina, es preciso elevar nuestra mirada ante Aquél, “que es, que era y que ha de venir, el Todopoderoso...” (Ap 1,8,) que todo lo tiene previsto y calculado, pesado y medido (Sab 11,20), pues “aún todos los cabellos de la cabeza están contados” (Mt 10, 30) y Él ha juzgado en qué medida permite el mal (no creado por Él sino originado primero por la rebelión de sus ángeles, y luego por el mal uso de la libertad humana) para luego sacar de esos males grandes bienes.

La Profecía Magna del Apocalipsis

Es en la Profecía Magna del libro del Apocalipsis donde se delinea el Plan de Dios para estos tiempos. Es decir, el Apocalipsis es el libro profético que completa, ordena, integra y da coherencia a todas las profecías referentes a los últimos tiempos que se encuentran dispersas a lo largo y a lo ancho de la Sagrada Escritura. Dicho de otra forma, los temas relativos a los últimos tiempos presiden y terminan la predicación de Jesucristo, y es en el Apocalipsis donde encontramos las herramientas que nos van a permitir dar orden y unidad a todas estas profecías relativas a los últimos tiempos, cuyo tema principal es anunciar precisamente cómo Jesucristo establecerá su reinado en la tierra (Parusía), superando a las fuerzas del mal (misterio anticrístico de la iniquidad), porque a Él le corresponde “quebrar a los pueblos con cetro de hierro” (Sal 2, 9), porque “Él debe reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies” y entregue a su Padre el reino “después de haber destruido todo principado, dominación y potestad ” para que entonces “Dios sea todo en todos”(I Cor 15, 24 – 28).

La escatología cristiana (del griego esjatos que significa “lo último”) está forjada de dos piezas contrarias y correspondientes que forman la historia sobrenatural del hombre, las fuerzas intrahistóricas que dependen de su libre albedrío y las intervenciones meta-históricas que dependen de los planes inconmovibles de Dios. Aquí surgen entonces el Anticristo y la Parusía. Dos piezas que corresponden a la esencia creada del hombre, pues ni él se ha dado la vida ni la conserva por sus propias fuerzas. Sólo puede orientar el movimiento libre de su voluntad, y ése será necesariamente hacia el Anticristo o hacia la Parusía. Dicho de otro modo, o el hombre trabaja para el Anticristo o trabaja para la Parusía, aunque no siempre sea consciente de ello, pero siempre responsable por la culpabilidad de su ignorancia.

Por tanto hay que preguntarse, ¿se han cumplido las señales profetizadas? Sí, los signos se han cumplido, los signos se han realizado. Incluso, ¿qué importa que los hombres no los vean? ¿Más aún, no es otro gran signo de los tiempos profetizado el que los hombres no los vean? Desdichados pues los que no ven los signos y probablemente también desdichado o afortunado el que los ve. Que la lucha está llegando a su desenlace y la corrupción del mundo está tocando la raíz de todo.

Profeta y Profecía

El don de entender las profecías es como el don de profetizar, de suyo no requiere la ciencia sino que brota de la fe misma del hombre. De hecho el profeta no necesariamente es santo, aunque debiera serlo, ya que la profecía es una gracia gratuita. Así pues los signos se han cumplido y es necesario que el hombre los discierna, urge que los discierna, so pena de morir y morir eternamente.

El término profecía tiene dos connotaciones: respecto a su acepción verbal o referida a la persona que profetiza, es decir al profeta, significa tanto hablar a nombre de Dios como vaticinar. En cambio, usado como nombre común (profecía) o como calificativo (profético) se usa exclusivamente o casi siempre para designar una predicción.

Profecía Atípica en su Forma y en su Fondo

La profecía del Apocalipsis es muy particular y de alguna manera atípica, tanto por su forma como por su contenido. En cuanto a su forma, el mensaje sin duda es especial y altamente desconcertante para quien lo lee si no dispone de una interpretación adecuada. Pero el aspecto más excepcional de la profecía apocalíptica es el hecho de que se trata de una revelación hecha directamente por Jesucristo nuestro Señor, muerto y resucitado, triunfante y glorioso. “Yo soy el Alfa y el Omega, el Primero y el Último, estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos... escribe pues, lo que has visto, lo que ya es y lo que va a suceder más tarde” (1, 17 – 19). Se trata pues aquí de un texto perfectamente literal. Consecuentemente, si uno asume con seriedad lo que el apóstol Juan nos está diciendo, debemos creer entonces que se trata de un dictado en el que se relata al discípulo lo que ya es”, es decir, lo que ya es cosa pasada cuando Juan recibe el mensaje, o dicho en otras palabras, la primera etapa de la historia de la Iglesia. Pero también Jesucristo dice “lo que va a suceder más tarde, es decir, historia que todavía no tenía cumplimiento en la vida del apóstol Juan. Asimismo, en varias ocasiones en el texto del Apocalipsis, aun cuando quien se comunica con Juan es a veces un ángel, o son ancianos u otros seres, la voz de Cristo no deja de oírse a lo largo de todo el mensaje. El Apocalipsis se cierra con las palabras de Cristo: “¡Mira, vengo pronto!” (22, 7).

También la profecía apocalíptica es muy singular y resalta la importancia de este mensaje por el hecho de que es el Padre Eterno quien certifica la veracidad de las palabras contenidas en este libro. “Entonces dijo el que está sentado en el trono... estas palabras son ciertas y verdaderas” (21,5). Y por si lo anterior no fuera suficiente, existe un texto que resulta de llamar la atención porque es una advertencia a cuya violación merece una terrible sanción, al grado de que ¡no hay otra igual en toda la Sagrada Escritura! El texto dice así:

Yo advierto a todo el que escuche las palabras proféticas de este libro: si alguno añade algo sobre esto, Dios echará sobre él las plagas que se describen en este libro y si alguno quita algo a las palabras de este libro profético, Dios le quitará su parte en el Árbol de la Vida y en la Ciudad Santa que se describen en este libro” (22, 18 – 19).

Esto nos dice claramente cuán importante es la interpretación rigurosamente literal como punto de partida y base para encontrar el significado de lo alegórico y de lo simbólico.

Y además deja en claro que el libro empieza y termina diciendo que es “bienaventurado el que lea, escuche o guarde las palabras proféticas del libro”(1, 3; 22,7), por lo que no se trata sólo de una profecía más, sino que es una profecía tan y tan importante que es causa de bienaventuranza leerla, conocerla y respetarla. De lo anterior se sigue que si el Apocalipsis afirma que es “bienaventurado”“el que lea”,“escuche”y“guarde” las palabras proféticas transmitidas por Juan es porque dentro del Plan de Dios el mensaje obviamente estaba hecho para ser entendido. Es decir, si hasta ahora no ha sido entendido del todo – y vaya que ha habido grandes comentadores en estos veinte siglos de historia de la Iglesia – lo único que indica es que el libro estaba destinado para ser entendido con mayor claridad a partir de este siglo XX que terminó, cuando precisamente se han venido cumpliendo las señales, o sea, el Kairós, el “tiempo aproximado” que Jesucristo nos invitó a discernir para que supiéramos que el “tiempo medido”, o sea, el Kronos, estaba cerca, a las puertas. Por tanto, el Apocalipsis es la cúspide y la clave de todas las profecías del Antiguo y Nuevo Testamento. Asimismo, es la llave para entender la metafísica de la historia de la Iglesia y del mundo por extensión.

Escuelas de Interpretación

Tocante al Apocalipsis, existen diversas escuelas de interpretación, pues hay quienes piensan que todo ya se cumplió en la época de las persecuciones romanas; otros dicen que su significado es simbólico o alegórico; o que todo tiene un sentido espiritual. En realidad todas estas escuelas tienen parte de verdad, pero es importante seguir como pauta primaria los lineamientos trazados por el Papa Pío XII, quien en su encíclica “Divino Afflante Spíritu” de noviembre 30 de 1943, dice que la interpretación literal debe prevalecer sobre el sentido alegórico y figurado, y a su vez éste se debe sujetar al sentido literal que siempre será primero. Siguiendo este criterio lo que a nosotros nos interesa es tener un sentido global y unitario del mensaje apocalíptico para poder ubicar y dar sentido a todas las grandes visiones parciales, que como partes, integran el libro de Juan en un todo. Es pues fundamental e imperativo buscar siempre el sentido literal. Sin embargo, la interpretación literal tiene sus límites. Cuando una interpretación ha sido manifiestamente contradicha por los sucesos es claro que hay que abandonarla, así como cuando es imposible o absurda. Fuera de ese caso, hay que interpretar siempre en forma literal. Por tanto, podemos decir lo siguiente: desde la antigüedad y hasta la época de Santo Tomás de Aquino, la interpretación que prevaleció fue la tradicional, es decir, se creía que:

  1. El libro de San Juan, aun cuando no se entendiese del todo su significado, comprendía todo el tiempo de la Iglesia, o sea, desde Cristo nuestro Señor hasta el fin del mundo;
  2. Que lo que el Apocalipsis describía con símbolos no era otra cosa que la lucha entre el bien y el mal, es decir, la lucha entre “las dos ciudades” a las que se refería San Agustín;
  3. Que esta descripción incluía las tribulaciones de la Iglesia que culminaban con el Anticristo personal descrito por San Pablo (II Tes) el cual sería vencido por nuestro Señor en su Parusía;
  4. Que tras esta victoria vendría el llamado Milenio, el establecimiento del Reino de Cristo con algunos santos resucitados en la tierra;
  5. Y que al final del Milenio vendría el fin del mundo con el juicio final y la resurrección universal de los muertos.

La Figura y lo Figurado de una Visión

Es común en las profecías y parece ser una ley de la inspiración profética, la superposición de dos sentidos literales, uno inmediato y otro mediato. Es decir, el vidente predice un suceso próximo, en el cual “ve por transparencia” otro suceso mayor, más remoto, difícil y misterioso. De esta manera el modelo inmediato o figura que tenía Juan delante de sus ojos era la lucha con el Imperio Romano, su caída y destrucción; pero lo figurado u objeto principal de la profecía es la última persecución, la Gran Tribulación y el triunfo sobrenatural de la Iglesia, vistos pues por transparencia.

Por ejemplo, las cartas a las 7 Iglesias que prácticamente inician el libro del Apocalipsis son figura de edades futuras de acontecimientos históricos que se darían en el curso de la historia cristiana, es decir, 7 edades de la Iglesia universal. En otras palabras, cada una de las 7 Iglesias era figura de una época futura de la historia cristiana y esa época sería lo figurado. Por tanto lo figurado es el verdadero objeto de una profecía mientras que la figura es un acontecimiento contemporáneo al Apóstol Juan en el tiempo en que escribía.

En la Biblia, por ejemplo, vemos constantemente referencias de personas y acontecimientos pasados con personas y acontecimientos del futuro; personas y hechos que son figuras y personas y hechos que son lo figurado en estas figuras. La palabra figura la usa San Pablo (Romanos 15, 14)  cuando habla del primer hombre, Adán, como tipo del que había de venir, Jesucristo. La palabra figurado la encontramos en la I Carta de San Pedro (3,21) referida al Arca de Noé en la que se salvaron del diluvio ocho personas y que era figura del bautismo por el que todos nos salvamos. Otros ejemplos de la Sagrada Escritura son el patriarca Abraham como figura del Padre Celestial, que no vacila en sacrificar a su único hijo e Isaac es figura del Hijo de Dios, que acepta el sacrificio redentor. Melquisedec, un personaje muy misterioso del que la Carta a los Hebreos dice que “era sin padre ni madre ni genealogía” (7,1-3) es tipo o figura de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote; y el sacrificio de Melquisedec con pan y vino es el tipo o figura del sacrificio-sacramento eucarístico hecho por Jesucristo en la Última Cena. Tipo de Cristo también era aquella serpiente de bronce que erigió Moisés en el desierto para que quienes la miraran pudieran salvarse de la mordedura de las serpientes del castigo de Dios.

El Discípulo Amado

Así, paso a paso vamos abriendo las puertas del Misterio de Dios que Juan nos ofrece en el libro del Apocalipsis. Juan fue identificado en los Evangelios como el discípulo amado, el que tuvo la dicha de recostar su cabeza sobre el pecho de nuestro Señor en la Última Cena. Y por alguna razón poderosa Jesucristo lo escogió para ser el instrumento de la Revelación más importante, en nuestra opinión, de la Sagrada Escritura. Este apóstol se encuentra además envuelto en un gran misterio, porque amén de que el Señor lo escogió siempre para los casos solemnes, como fue la Transfiguración en el Monte Tabor, la resurrección de la hija de Jairo y la oración en el Huerto de los Olivos, fue el único de los apóstoles que estuvo presente en la crucifixión de Jesucristo y con la especial circunstancia de que el Señor, poco antes de morir, desde lo alto de la cruz le encomendó la custodia de su Santísima Madre. Hijo, he ahí a tu madre y Mujer, he ahí a tu hijo” (Jn 19, 26-27), lo que nos indica que Juan representó en ese instante a todo el género humano, lo que no es poca cosa.

Por eso no nos sorprende que Jesucristo se haya referido de él con las siguientes palabras que le dijo al Apóstol Pedro poco antes de la Ascensión: “Si Yo quiero que este se quede hasta que Yo vuelva, ¿a ti qué?” (Jn 21,22). Lo cual nos sugiere que este evangelista no ha muerto, y que se ha mantenido escondido en algún lugar de incógnito. Es en el propio Apocalipsis que un ángel de gran poder le dice a Juan lo siguiente: “Es preciso que de nuevo profetices a los pueblos, a las naciones, a las lenguas y a los reyes” (10,11). Y por eso San Hilario, San Gregorio Magno, San Ambrosio y San Francisco de Sales creían, como también algunos discípulos de Juan, que éste no había muerto y que vendría en los tiempos finales para profetizar nuevamente a los hombres y que eso significaría las palabras “es necesario que profetices de nuevo.

Además de lo anterior, varios Padres de la Iglesia han dicho que Juan Evangelista sí murió en Éfeso, pero que su alma fue llevada al Paraíso y que su cuerpo incorrupto resucitará en la época del Anticristo y se unirá a Elías y a Enoc para predicar el Evangelio y luchar contra el Dragón infernal. Esta es la opinión de San Efrén, San Hilario y San Epifanio. Sea lo que fuere es claro que Juan está envuelto en un gran misterio. Es el discípulo que se encuentra representado por el Greco con el cáliz en su mano derecha y de cuyo vaso surge un Ave Fénix, que simboliza el renacer de las cenizas, y que expresa el cambio y transformación que se va a dar en la humanidad a partir de la Parusía de Cristo, cuyos pormenores y características están místicamente profetizados en el Apocalipsis, lo que convierte a Juan en el representante especial del género humano en esta hora decisiva de la historia.

 

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