Un Año de la Fe ante la crisis de Fe

Al margen de las consideraciones apostólicas para la celebración del Año de la Fe, éste responde, sin duda, a la gravísima crisis de fe que padece la Iglesia.

La radiografía que presenta la Iglesia Católica en este tiempo revela que las iglesias están semi-vacías; que no pocas  – mayormente en Europa - han sido cerradas y convertidas en bibliotecas, museos, y peor aún, en centros de diversión o antros.

La asistencia a los ritos litúrgicos es muy pobre, y la mayoría de los asistentes son personas adultas. Muy pocos son los jóvenes que asisten a la Iglesia.

Ya no se cree en la presencia real de Jesucristo (con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad) en la Eucaristía, incluyendo a no pocos sacerdotes y obispos. Se hace burla de la infalibilidad papal y se le critica como a cualquier hombre común y corriente, sin la más mínima muestra de respeto a su dignidad como representante de Cristo en la Tierra.

Los fieles no creen en la existencia real del infierno, ni en sus penas eternas, ni en la existencia del ángel caído, Satanás, como un ser real, pervertido y pervertidor. Tampoco se tiene esperanza en la vida eterna, ni se tiene presente la vida sobrenatural como algo palpable y verdadero. Ni se predica de esto en las iglesias. Es muy raro oír en las homilías dominicales sobre las verdades eternas, sobre la gracia, sobre el pecado, sobre el sacramento de la Confesión y de la Eucaristía, sobre el sacrificio redentor de Cristo, sobre la vida de oración y de penitencia que hay que practicar.

El Año de la Fe responde mayormente a una abrumadora crisis de fe que pasa desapercibida, donde la inmensa mayoría de los cristianos vive una vida superficial, vacía, de apariencias, sin que en realidad exista un verdadero testimonio de integridad, fe y obras según el mandato evangélico.

De igual forma una cantidad alarmante de católicos no conoce la doctrina cristiana, no saben los mandamientos de la Ley de Dios ni de la Iglesia; ni cuáles son las virtudes teologales y cardinales; o qué es la Santa Misa o la transubstanciación, o los 7 sacramentos, o los dones del Espíritu Santo, o las notas esenciales de la Iglesia o la realidad del pecado original y sus consecuencias; o sobre la divinidad de Jesucristo, o sobre la función que desempeña la Santísima Virgen en el plan divino de la economía de la Salvación; o la existencia y función de los ángeles como intermediarios entre Dios y los hombres y servidores de éstos; o los 5 pasos de la confesión para que sea válida o la diferencia entre la gravedad o venialidad de un pecado, o lo que es un sacrilegio, o lo que es un dogma de fe. No saben por qué la Iglesia es divina y humana, y la función de la esposa de Cristo para la santificación de las almas; o cuál es el fin último del hombre según la Ley de Dios, o el juicio particular inmediatamente después de la muerte, o la causa próxima y remota de la moralidad, o los tipos de conciencia que existen, y un largo etc.

Pero el Año de la Fe responde a lo que es verdaderamente más grave: las almas están desorientadas, desmotivadas, confundidas, cansadas, aturdidas, mal formadas; en una palabra, eclipsadas por el mundo y sus vanidades, sin que la luz de sus pastores les orienten, porque también éstos han caído en la confusión de la doctrina, de la moral, de la obediencia, de la liturgia y del celo por la salvación de las almas y de las ovejas que les han sido encomendadas. Por eso muchos se han convertido en guías ciegos que guían a otros ciegos y todo esto trae una afectación a todo el Cuerpo Místico de la Iglesia, desde los fieles más sencillos hasta la más alta Jerarquía de la Iglesia.

Por todo esto, el Papa Benedicto XVI, inspirado por el Espíritu Santo ha decretado un Año de la Fe, en extremo necesario ante una Iglesia que hace agua por todas partes y que le urge una verdadera y profunda renovación en todos los órdenes y que sólo la mano del Todopoderoso podrá defenderla ante las "puertas del infierno" y llevarla  a una profunda restitución que no podrá ser lograda sino a través de un gran sacrificio y derramamiento de sangre.

Luis Eduardo López Padilla

12 de Noviembre del 2012