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Dualidad en Unidad

La lucha por la igualdad de los sexos apoyada en procesos democráticos contribuyó desde hace tiempo a una mayor participación de la mujer en los ámbitos de la política, de la cultura y de la educación, dando lugar al llamado movimiento feminista, cuya esencia insistiría específicamente en lo femenino y defendería sus derechos y libertades, salvaguardando la dignidad de la mujer en la familia, en el trabajo y en la vida social.

 

Sin embargo, el feminismo radical se adueñó del movimiento feminista. Ya no buscará la igualdad de derechos y oportunidades para la mujer, sino la liberación femenina, en la que el objetivo ya no es la igualdad sino la liberación de la explotación. Así, la mujer se constituye en antagonista del varón, con rivalidad entre ambos y consecuencia negativa para la estructura familiar, hasta el extremo de que cancela la diferencia biológica entre varón y mujer, considerándola como un simple efecto de un condicionamiento histórico-cultural.

Ideología de Género

Es gracias a Malthus (1766 – 1834), Marx (1818 – 1883) y Lenin (1870 – 1924) donde encontramos los orígenes de esta ideología de género. En efecto, en el caso de Malthus, es el principal teórico de la seguridad alimentaria. De acuerdo con su tesis, entre el crecimiento aritmético de los recursos alimenticios y el crecimiento geométrico de la población, la brecha se agranda fatalmente. Se puede prever la miseria, y con ella, el espectro de la hambruna. Dice Malthus que hay que dejar que actúen por si mismos los frenos gracias a los cuales son eliminados aquellos que, menos dotados, son pobres. Así, Malthus contribuye a consolidar la visión esencialmente utilitarista del hombre. El pobre es el vencido en la libre competencia y está de más porque no produce, y a pesar de ello, pretende consumir.

En esta herencia malthusiana, se establece que hay que hacer una selección artificial para poder ejercer, como derecho, el dominio sobre la propia transmisión de la vida, y de aquí surgen todos los proyectos contra la vida apoyados y financiados por la ONU, particularmente por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. La ideología de género fundada en las ideas malthusianas, recibe gran influencia de Marx y de Engels. Para estos autores, la opresión de la mujer es por excelencia la expresión de la lucha de clases en su forma original. Decía Engels que la primera oposición de clases que se manifiesta en la historia, coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la unión conyugal. Marx y Engels afirmaban que el comunismo habría de remediar esta situación. La mujer y el hombre serían iguales en el sentido de que ambos tendrían el mismo status de trabajadores en la sociedad, y estarían en función de ésta. Así, el comunismo permitiría que la mujer trabajara en la industria, haciendo desaparecer el matrimonio monogámico y destruyendo a la familia tradicional, fomentando el amor libre y predicando la igualdad del hombre y la mujer hasta el grado de considerarlos intercambiables. Así entonces, la ideología de género conduce finalmente a la desaparición de la familia, que ya no es motivo de complementariedad, sino de oposición. Así se concluye fácilmente, apoyado por una corriente feminista muy activa, que las diferencias entre los géneros ya no son naturales, sino que aparecen a lo largo de la historia y son construidas por la sociedad: es decir, son culturales. La ideología de género combina temas que provienen de la ideología socialista en su forma marxista y de la ideología liberal en su forma malthusiana. Por tanto, el cuerpo no es sino un instrumento para todo tipo de placeres: heterosexual, homosexual –sin olvidar el placer solitario–, la anticoncepción, el aborto.

Subversión Cultural

La sociedad entonces, según la ONU, se reinventó bajo la ideología de género, aboliendo el papel que en el pasado la sociedad atribuía al hombre y a la mujer. Es un proyecto de subversión cultural. No solamente se agregan nuevos derechos, y en especial derechos de la mujer, sino que se pretende interpretar a la sociedad de forma distinta, bajo un nuevo paradigma.

El concepto de la familia se ha visto privado de su sentido tradicional y desde entonces este término se usa indistintamente para designar uniones heterosexuales, homosexuales, y aún situaciones monoparentales, etc.

Los defensores de la ideología de género, como W. Reich, Simone de Beauvoir, H. Kentler, M. Sanger, H. Marcuse, entre otros, intentan llevar la libertad sexual al máximo. Ya no hay ningún criterio entre lo lícito y lo ilícito, lo normal y lo anormal. La permisividad absoluta, el rechazo de toda moral que no se identifique con el placer y el naturalismo biológico son el denominador común de esta corriente.

Como dice Pedro Trevijano en su “Relativismo e Ideología de Género”, “estas corrientes con su reductora visión de la realidad, que queda disociada del matrimonio y de la procreación, y su unilateral exaltación del placer, al que consideran independiente del amor, de la moral y por supuesto de la religión, llevan al desenfreno, a la corrupción de la conciencia y a la degradación de la persona…” (pág. 74, Ediciones Voz de Papel).

La Perspectiva del Género o “Gender”, como Nueva Filosofía de la Sexualidad

Se basa en la famosa frase de Simone de Beauvoir “una no nace mujer, la hacen mujer” (On ne nait pas femme, on le devient). La Conferencia Episcopal Española lo explica muy bien: “Los antecedentes de esta ideología hay que buscarlos en el feminismo radical y en los primeros grupos organizados a favor de una cultura en la que prima la despersonalización absoluta de la sexualidad… El proceso de “desconstrucción” de la persona, el matrimonio y la familia, ha venido después propiciado por filosofías inspiradas en el individualismo liberal, así como el constructivismo y las corrientes freudo-marxistas. Primero se postuló la práctica de la sexualidad sin la apertura del don de los hijos: la anticoncepción y el aborto. Después, la práctica de la sexualidad sin matrimonio: el llamado “amor libre”. Luego, la práctica de la sexualidad sin amor. Más tarde la “producción” de hijos sin relación sexual: la llamada reproducción asistida (fecundación in vitro, etc.). Por último, con el anticipo que significó la cultura unisex y la incorporación del pensamiento feminista radical, se separó la “sexualidad” de la persona: ya no habría varón ni mujer, el sexo sería un dato anatómico sin relevancia antropológica. El cuerpo ya no hablaría de la persona, de la complementariedad sexual que expresa la vocación a la donación, de la vocación al amor. Cada cual podría elegir configurarse sexualmente como desee” (La Verdad del Amor Humano. No. 52 del 26 de abril del 2012).

En conclusión, el dogma pseudocientífico de esta ideología es que todos nacemos “sexualmente neutros”.

Lo anterior adquiere una mayor gravedad cuando se pretende por medio de la educación básica primaria inocular esta corriente que adoctrina a los niños para convencerlos de la “normalidad” de estos postulados. Más aún, la ideología de género reafirma que la formación en cuanto a la educación afectivo-sexual debe asumirla el Estado por cuanto que la ciudadanía prevalece frente al derecho de los padres. Esto traerá como consecuencia, en primer lugar, que se libere al ser humano de su biología. Que el ser humano se haga a sí mismo lo que él quiera, pues será la única forma de ser libre y estar liberado. Y finalmente, que el matrimonio y la familia son dos formas de violencia permanente contra la mujer y que es necesario combatir.

Homosexualidad

Con todo lo anteriormente dicho, ahora entremos en esta inclinación hacia el mismo sexo. La identidad sexual es la base de la identidad personal y toma su raíz en el cuerpo, sea varón o hembra. Mujer es haber nacido de una persona de su mismo sexo; varón supone haber nacido de un cuerpo de sexo distinto. La homosexualidad corresponde a una tendencia sexual que inicia durante el desarrollo afectivo de la persona. La homosexualidad como tal no existe. Lo que existe son personas con problemas de homosexualidad, es decir, con deseo homosexual, que se impone al individuo que lo tiene y que a priori no lo ha escogido. El homosexual desde niño se ve atraído sexualmente por personas de su mismo sexo. Pero solo se considera homosexual al individuo que de manera exclusiva o predominante desea un socio sexual adulto de su mismo sexo, haya tenido o no relaciones físicas, y no así aquel que solo ha deseado o tenido estas relaciones de modo accidental y pasajero.

Es claro que la anatomía humana apunta a la heterosexualidad. La homosexualidad se origina ordinariamente antes que el joven pueda tomar decisiones personales y conscientes, por lo que no es extraño que muchos de ellos crean que se trata de una inclinación innata. Pero la inclinación homosexual se encuadra dentro de la condición psíquica del sujeto y no es algo que la persona escoge. Incluso cuando se declara en edad adulta, sus raíces son muy anteriores.

Desde 2009 la Asociación de Psiquiatras Americanos ha autorizado a ciertos terapeutas a tratar la homosexualidad, pues estiman que la misma es una interrupción o bloqueo en el desarrollo psicosexual del individuo, y no se fijan tanto en las causas físicas o de herencia. Para estos psiquiatras como R. Cohen, J. Nicolosi, Van der Aardweg y A. Polaino, nadie nace con una orientación homosexual ni existen datos científicos que indiquen una base genética para las atracciones hacia personas de mismo sexo, sino que esta atracción es el resultado de traumas sin resolver que conducen a una confusión de género. Más aún, se puede salir de la homosexualidad y existen multitud de casos de pacientes que han llegado hasta la heterosexualidad y contraer matrimonio. Por eso un ex homosexual casado decía de sí mismo: “Durante muchos años creí ser gay, pero al final entendí que era un heterosexual con un problema de homosexualidad”. Por eso, ningún acto volitivo puede cancelar esta bipolaridad sexual. En realidad “todo homosexual es, de hecho, un heterosexual latente” (Irving Bieber. Homosexuality: A Psychoanalytic Study of Male Homosexuals 1997, p. 241),

Matrimonio y parejas homosexuales

El matrimonio siempre se ha considerado en los contextos culturales, como la institución que legitimaba las relaciones sexuales y la filiación, y servía para fundar una nueva familia. No es una unión cualquiera, sino que tiene naturaleza y finalidades propias. Por siglos y siglos se pensaba de él, y así lo considera la inmensa mayoría de la humanidad, como una relación heterosexual entre personas de sexo diferente, para asegurar la especie, fundar una familia y establecer una comunidad de amor y ayuda estable, permanente y exclusiva, que se diferenciaba de cualquier otro tipo de relación, por lo que la unión entre personas del mismo sexo no se le podía llamar matrimonio.

La agenda homosexual pretende que su relación sea reconocida como matrimonio; que tenga efectos civiles y que tengan derecho de adopción. Y han avanzado desde al año 2000, cuando Holanda se convirtió en el primer país en reconocer el matrimonio a parejas del mismo sexo. Como se sabe, ya en la Ciudad de México ha sido aprobado junto con varios estados, y un total de 24 países en el mundo (15 europeos, 7 americanos, más Sudáfrica y Nueva Zelanda) –el último fue Colombia– han legislado a favor del llamado matrimonio igualitario.

El Cardenal Bergoglio, hoy Papa Francisco, en carta del 20 de junio de 2010, se oponía a la consideración de las uniones homosexuales como matrimonio, porque está en juego la identidad y la supervivencia de la familia, así como la vida de tantos niños que serán discriminados de antemano privándolos de la maduración humana que Dios quiso se diera con un padre y una madre. Ello además supone un rechazo frontal a la ley de Dios, grabada en nuestros corazones. Incluso afirmaba “no seamos ingenuos; no se trata de una simple lucha política, es la pretensión destructiva del Plan de Dios. No se trata de un mero proyecto legislativo (esto es sólo el instrumento) sino de una “movida” del padre de la mentira que pretende confundir y engañar a los hijos de Dios”.

Igual con los iguales, Desigual con los desiguales

Precisamente porque la ley debe ser igual para todos, realidades diferentes no pueden ser tratadas como si fueran iguales, pues a distintas realidades, distintos derechos y deberes. Es claro que la unión homosexual no es la unión entre dos personas de diferente sexo, requisito hasta ahora para cualquier definición de matrimonio. Lo que une a la pareja homosexual es el deseo sexual y el placer de estar juntos. Si la unión homosexual es un verdadero matrimonio y pretende ser reconocido igual que la unión entre varón y mujer, quiere decir entonces que la diferencia sexual, y por tanto la procreación de los hijos, ya no son elementos constitutivos ni esenciales de lo que llamamos matrimonio. La aceptación de la unión homosexual como auténtico matrimonio, así esté reconocido por la ley, no ayudará a la comprensión del verdadero significado del matrimonio para las futuras generaciones, e irá en gravísimo detrimento de la humanidad, dejando prácticamente sin esperanza alguna el futuro de la familia.

Ser comprensivos ante ciertas realidades y situaciones no significa claudicar, y si la ley no puede desconocer la realidad, sí debe defender los valores fundamentales de la familia. Y como no lo hace, la Iglesia, que no puede renunciar a su misión orientadora y evangelizadora, debe oponerse a esta forma de convivencia que pretende homologarse con el matrimonio debidamente contraído.

Por tanto, no es injusto ni discriminatorio regular de manera distinta situaciones distintas; regular de manera desigual situaciones desiguales. La pareja homosexual se encuentra esencialmente impedida para transmitir la vida y tampoco puede realizar la complementariedad de los sexos, ni la entrega total propia del varón y la mujer en el plano psicobiológico y aún psicológico. Solo la relación entre dos sexos puede consumar la dimensión conyugal, porque ésta implica la diferencia sexual y la capacidad de ejercicio de la paternidad y la maternidad, funciones que los actos de las parejas homosexuales no pueden realizar.

Moralidad y Fe

Los actos de homosexualidad y lesbianismo no son un signo de nuestro tiempo. De hecho, desde la época de Abraham dicho acto ya provocaba la santa Ira de Dios, tal y como lo dice el Génesis: Propter quod ira Dei venit in filios difidentiae, es decir, “por el cual cayó la ira de Dios sobre quienes le desafiaban” (Gen. 18, 16-33 y 19, 1-29).

Por tanto, no corresponde a nuestro tiempo la infame gloria de haber “dado a luz” este aberrante pecado; pero sí, en cambio, es característica de nuestra época la negación más esencial que pueda darse de la Ley Natural, al extremo no sólo de ignorar y hacer caso omiso a la perversión homosexual, sino homologarlo como “unión matrimonial” en leyes ciertamente escandalosas.

Así es, la homosexualidad y el lesbianismo no sólo atentan contra la naturaleza humana, sino que, más grave aún, atentan directamente a la esencia de Dios. Es contrario al místico plan de Dios querido en la unidad hombre-mujer, pues no son dos sino una sola unidad, realidad sustancial complementaria en la feminidad y masculinidad del ser. Por ello, uno de los pecados que hacen casi imposible alcanzar el cielo, si no hay un alto total y una profunda vida de reparación y penitencia, es el de homosexualidad y lesbianismo.

Téngase presente que el pecado impuro contra natura –el pecado de lujuria más gra­ve– (S. Th. Il-IIae, q. 154, a. 11) clama ven­ganza al cielo al pertenecer, como enseña el Espíritu Santo, a la categoría de los pecados “más graves y funestos porque son directa­mente contrarios al bien de la humanidad y provocan, más que los demás, los castigos de Dios” (San Pío X, Catecismo de la doctrina cristiana # 154).

Por su parte, el Tercer Concilio Lateranense sancionó la sodomía –“atracción sexual, exclusiva o preponderante, hacia personas del mismo sexo” (CCC, 2357)– con la pena de la excomunión, con lo que confirmaba su relevancia penal: “quicumque incontinentia illa quae con­tra naturam est (…) si laici, excommunicationi subdantur, et a coetu fidelium fiant prorsus alieni” (a todos los que se den a esa inconti­nencia que es contraria al orden de la natura­leza (...) si son laicos, castígueseles con la ex­comunión y exclúyaseles por completo de la asamblea de los fieles) (canon 11; confir­mado por Gregorio IX, Decrétales, libro V, título 31, capítulo 4).

El severo juicio del Magisterio tocante a los actos de sodomía resulta perfectamente coherente en el tiempo, como que se funda en la santa Tradición Apostólica (p. ej., San Policarpo, Carta a los filipenses, V, 3; San Justino, Primera apología, 27,1-4; Atenágoras, Súplica por los cristianos, 34, etc.) y en la Sagrada Escritura, en donde las prácticas homosexuales “se condenan como depravaciones graves, o, mejor dicho, se presentan como la funesta consecuencia de un rechazo de Dios”, y ello desde el Génesis (19, 1-29) hasta el Nuevo Testamento (I Tim 1,10; Rom 1, 18-32): “Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aún sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y al igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer; se encendieron con su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío”, pasando por el Levítico, en el que Moisés  define la sodomía como “práctica abominable”: “No te acostarás con varón como con mujer; es abominación. (…) No os hagáis impuros con ninguna de estas acciones, pues con ellas se han hecho impuras las naciones que yo voy a arrojar ante vosotros” (Lev. 18-22-24). “Si alguien se acuesta con varón, como se hace con mujer, ambos han cometido abominación: morirán sin remedio; su sangre caerá sobre ellos” (Lev. 20, 13), por lo que excluye del pueblo de Dios a los que asumen un com­portamiento sodomítico, lo cual le sirvió a San Pablo para confirmar tal ex­clusión en una perspectiva escatológica particular ¿” No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idolatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que yacen con varones (sodomitas), ni los ladrones, ni los avaros ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios”. (I Cor 6, 9-10).

La sodomía pues constituye mate­ria grave de suer­te que, cuando se da plena conciencia y con­sentimiento deliberado, un solo acto homose­xual priva al pecador de la gracia santificante y destruye en él la caridad y lo condena al infierno (CCC, 1033; 1035; 1472; 1861).

Conversión

Sin embargo, aunque es un pecado gravísimo, con todo, la sodomía halla el perdón de Dios con tal que el pecador contrito reciba la absolución sacramental después de haberse acusado de sus pecados mortales en una confesión hu­milde, íntegra y sincera, acompa­ñada de un propósito de enmienda absoluto y eficaz. La Iglesia, por su parte, se compromete a asistir espiritualmente a esos desafortuna­dos hijos suyos sosteniéndolos en la dura lu­cha contra la tentación y protegiéndolos de las insidias de doctrinas morales erróneas, que es causa cierta de muerte espiritual si se llevan a cabo. (Cfr. Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre el cuidado pastoral de las personas homosexuales, 1 de octubre de 1986).

Ayudemos a quienes se encuentren en esta triste y lamentable situación, proveyéndoles de la terapia profesional para corregir su desviación. Pero no se puede confundir al pecado llamándolo "el uso de derecho de elegir su equidad de género", pues Dios nos deja libres, sí, ciertamente, incluso hasta para perder el alma por toda la eternidad. Dicho en otras palabras, todo homosexual tiene derecho a la salvación, pero tiene la obligación de vivir conforme al evangelio.

Confusión y Desorden

Este tema no es ni por mucho asunto menor. Es preciso tener ideas muy claras para no errar en el discernimiento, pues cerca están ya los tiempos en que la Iglesia entrará en una gran división y cisma que en nada ayudará a erigirse en la luz que debiera iluminar la verdad sobre la unidad hombre y mujer querida por Dios desde el principio, y fundamento de la vida de familia en sociedad. Ciertamente y como consecuencia de arrojar de la vida del hombre la presencia de Dios Uno y Trino, se viven tiempos de división y crisis familiar en todos los órdenes; pero esta deformación de la sexualidad y sus fines dentro del matrimonio y de las relaciones de pareja del mismo sexo, serán de una catástrofe inimaginable con consecuencias desastrosas para la humanidad, y entonces el Padre no perdonará a esta generación que será castigada mucho más severamente que en los tiempos de Sodoma y Gomorra.

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