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Satanismo Filosófico e Ideológico

El demonio es un ser real, un sujeto vivo y actuante, una persona creada por Dios, que aunque caída por la muerte de su “libertad” que se ha ido a pique para siempre, actúa, ataca y despliega todo su poder en la tierra. Así, la libertad de la que gozó el demonio en su momento, el pecado que fue su defección, y el infierno que es la consecuencia, forman parte de un gran misterio, un misterio que no es sino la negación del amor, del amor a Dios que debió haber asumido siempre pero que ha perdido para toda la eternidad.

 

Ahora, uno de los mayores éxitos de Satanás en la época moderna es haber sustituido a su acción directa, que provocaba el miedo al diablo, una acción orgánica anónima, invisible, que no espanta, pero que progresa dentro del ambiente social sin hacer ruido, sin que se presente la contraseña del “príncipe de este mundo”, a través de sus agentes humanos bien colocados en puestos estratégicos de dirección mundial, ya en el campo cultural, político o social. Como consecuencia de esto, hemos asistido a una total y absoluta metamorfosis mundial donde las sociedades humanas, antes religiosas, hoy son prácticamente ateas, seculares y laicas, hasta el punto de que la necesidad religiosa se desvía hacia una variedad de pensamientos, falsas filosofías, religiosidades etéreas, difusas y vagas, cuando no satánicas.

De aquí que toda la historia de la civilización moderna consiste en un engrandecimiento del hombre y en un empequeñecimiento de Dios, o peor aún, en un vaciamiento del sentido personal de Dios. La sustitución del deísmo por un humanismo comienza desde el Renacimiento y continúa con el Racionalismo francés de los filósofos del siglo XVIII, y después aparece el ateísmo marxista de los siglos XIX y XX y el consumismo occidental, que en el fondo no se diferencia en gran cosa.

Decía Chesterton que la tentación del pecado original ha tomado una forma explícita en nuestro mundo, puesto que el hombre ha querido liberarse de Dios. Desde entonces, Dios Creador y fuente de todo bien, ha sido difamado como tirano, que hay que eliminar de la conciencia de los hombres. Así, la acción de gracias ha cedido el puesto a la desconfianza; la adhesión al rechazo; el amor filial a la rebeldía; la fe a la negación; el “viva Dios” a la “muerte de Dios”; la humildad de los hijos a su emancipación victoriosa. Todo esto ha provocado un galopante ateísmo y por consecuencia un relativismo que caracteriza a nuestro tiempo.

Aquí vemos plasmarse la tentación de Lucifer que encontramos en el Génesis: “Os ha dicho Dios: no comeréis del árbol de la ciencia, pues moriréis; pero es un ardid para impediros ser dioses; dueños del mundo, conociendo el bien y el mal”. Así, la humanidad se ha emborrachado del poder y se siente soberana del mundo; porque cree que al tener la ciencia ya no tiene la necesidad de Dios y de su Providencia. Con los progresos de la tecnología piensa que vencerá la pobreza, la enfermedad, la guerra, incluso la muerte. Así pues ya Dios hoy no existe, el siglo XXI puede decretar infelizmente su muerte, porque el hombre hoy se ha convertido en el dios del futuro.

Así, los valores que ha creado esta civilización – ciencias, artes, técnicas – han ahogado al hombre. La principal industria del planeta ha venido a ser la producción de armas de muerte. La droga se ha estructurado en potencia mundial. El amor ha sido desviado hacia el erotismo con la única preocupación de gozar sin concebir y de concebir sin dar a luz, volviéndose todo hacia la muerte del espíritu del hombre. El aborto se ha legalizado y frecuentemente subvencionado, constituyéndose en instrumento de muerte y ofrenda a Satanás de mayor eficacia en nuestro siglo, más que todos los exterminios, campos de muerte y gulags conocidos.

Toda esta revolución moral tiene apoyos filosóficos. El idealismo está por encima del realismo; el sujeto sobre el objeto, es decir, el subjetivismo sobre la objetividad; el hombre sobre Dios. Así, los derechos del hombre han suplantado a los derechos de Dios –que no existen ya más– y del bien común que ha sido relegado a un último plano. Esto ha provocado progresivamente otros muchos efectos, particularmente la inversión del valor sexual. La filosofía se ha enfermado y ha perdido su realismo. Como ha dicho Benedicto XVI, el relativismo impera por todas partes, de ahí que la ansiedad, la depresión, desuniones, divisiones y desórdenes mentales y sociales sean el pan nuestro de cada día. En política, los chantajes salvajes prevalecen sobre el bien común. La corrupción aparece por todos lados. El poder se inclina ante las pasiones más bajas. Después de que se ha liberado el sexo y el aborto, ahora se reconocen la droga y la eutanasia, según la lógica predominante. Ya la legalidad no está a favor de la familia, y se ha promovido a la mujer de tal forma que en el fondo lo que se destruye es la feminidad que es, sin embargo, el valor más precioso de la humanidad, comenzando por su irremplazable maternidad.

Por otro lado, las ideologías han sido las armas de las grandes revoluciones y conquistas del mundo moderno.

La ideología del marxismo ateo conquistó más de una tercera parte del mundo entre 1917 y 1985.

La ideología del poder, según Nietzsche, está en el origen de la última guerra mundial donde lo único que predomina es la idea del súper hombre.

La ideología del psicoanálisis ha sido frecuentemente causa de graves desórdenes en la fe y en la persona humana.

La ideología de la homosexualidad ha dado crédito y poder a esta desviación, hasta lograr conceder a parejas aberrantes y estériles, entre homosexuales y lesbianas, las ventajas y derechos de la familia.

La ideología de la no discriminación ha hecho admitir a los homosexuales a cualquier orden social, incluso dentro de la Iglesia.

La ideología feminista ha transformado a la mujer, transfiriéndole los defectos y las deformaciones de la masculinidad. Esto ha provocado la liberación sexual, al mismo tiempo que el desprecio y el menoscabo de la maternidad. Así, las feministas radicales se han transformado en triunfalistas del aborto, como liberación de la mujer respecto del hijo. El derecho de muerte es la conquista de cada madre en el momento en que el estado moderno rehusaba la pena de muerte para los mayores criminales. Esta es una paradoja increíble.

Y podríamos continuar con la lista de tantas ideologías irracionales, de tantos vicios, de tantos abusos. En todos estos rasgos –divisiones, destrucciones, cultura de la muerte, caos– se reconoce indudablemente la presencia de Satanás que encarnan tantos grupos sociales, pseudo sociales, familiares, organizaciones no gubernamentales (ONGs) y gobiernos. Las estructuras mediáticas, comerciales, publicitarias, y a veces, legales, difunden ampliamente todas estas aberraciones con gran presión de organizaciones mundiales sin que Satanás tenga que esforzarse gran cosa.

Por eso, el Apocalipsis se refiere a esas dos grandes bestias, la del mar y la de la tierra, siendo ésta última el falso profeta, que aquí está representado por todas estas instituciones que promueven errores terribles y defectos desastrosos para la sociedad, la familia y la persona humana, siendo en realidad Satanás el artífice intelectual de todos ellos.

André Frossard interpreta irónicamente la crecida estructural del mal en el mundo como prueba de la existencia de Satanás a quien presta su pluma el académico: “Si el príncipe de este mundo existiera, sucedería lo que está sucediendo hoy. Todo lleva su marca”, concluye (Las 36 Pruebas de la Existencia del Diablo, Paris, 1968, ídem, Pág. 138).

Sea lo que fuere, el gran triunfo de Satanás fue haber promovido durante más de medio siglo, el materialismo ideológico en el este y el materialismo práctico en el oeste, con una secularización galopante, donde lo sagrado tiende a desaparecer no sin suscitar, como consecuencia, brotes de una religiosidad light, hueca y vacía, comprendida ahí mucho de influencia satánica, pues llegado a este punto de triunfo, Satanás ya no tenía por qué esconderse. Y es precisamente a partir de este momento que el “príncipe de las tinieblas” sale de su clandestinidad hacia la “luz”. Y su más mortal y feroz ataque contra el hombre, y por extensión, contra el mundo y la Iglesia, aún están por venir.

 

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