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Todavía quedan unos pocos

Un día una señora, joven madre, llegó al santuario y se dirigió hacia la imagen de la Virgen del Rosario, caminando en silencio con la cabeza baja, como si llevara el peso del mundo sobre sus hombros. No había nadie a su alrededor. Se postró de rodillas frente a la imagen de la Virgen y casi sin aliento, y con una angustia y con un dolor profundo en su corazón, se le escapó un

—¿Por qué? ...

Y como un milagro y un regalo de Dios una voz le preguntó a su vez:

—... ¿Por qué, qué?

Y la señora contestó:

—¿Por qué sufres, mi Virgen del Rosario? ...

Y se quedó mirando, y de nuevo la voz le respondió diciendo:

—¿Por qué sufrió Mi Hijo Jesús?... ¿Por qué le persiguieron?... ¿Por qué todavía hoy atraviesan con espadas su corazón? Sufro por los hombres que desprecian a Mi Hijo, por los que le dan la espalda a Mi Señor, por los que matan a otros hermanos, por aquellos que roban, por aquellos hombres y mujeres que se entregan a las drogas, por los que en vez de estar ayudando a sus hermanos pierden su tiempo en fiestas; por los que no rezan, por aquellas familias que nunca se acuerdan de Dios, pero más aún por aquellos que van a la iglesia y salen igual que como entran. Por aquellos que no se dan cuenta que estos son tiempos del Señor, que son tiempos de María... Por eso sufro, por eso es que llevo una cruz. Por aquellos que van todos los domingos a la iglesia...

La joven madre se le quedó mirando y pensó: ¿pero si van a la iglesia?

—Van a la iglesia pero no están conmigo, ni están con Mi Señor. Van a la iglesia por cumplir, por estar, van simplemente por costumbre. Van como el que tiene que sentarse a la mesa todos los días, van simplemente por compromiso, una vez a la semana. Sufro por aquellos que comulgan por compromiso, sin prepararse debidamente, por aquellos que ni siquiera se confiesan, por los que no aman a Mi Jesús, por los que no se dan cuenta que Jesús está presente en el Sagrario. Por eso llevo una cruz, por eso hay una espada que atraviesa Mi Corazón.

La joven madre se quedó mirando y preguntó:

—¿Son muchos?

La voz le contestó:

— Sí, son muchos, son más de los que crees y no solamente son los que ves fuera de la Iglesia, hombres y mujeres comunes y corrientes, sino también por los que están adentro, por los que celebran la misa sin ser dignos, por aquellos que no viven su consagración al Señor, por los que han perdido la fe... Son muchos.

Y le preguntó la joven madre:

— ¿Pero es que todos son así?

Dijo:

— No, todavía quedan unos pocos, todavía quedan algunos llenos de fe. Todavía quedan algunos llenos de amor, todavía quedan unos pocos llenos de espíritu de oración y espíritu de sacrificio.

La joven madre le dijo entonces:

— Tu cruz es pesada.

Y Ella le dijo:

— La de Mi Hijo fue más pesada. Y comprendo que tú también sufras como madre. Madre soy y vi a Mi Hijo también sufrir la cruz y no solamente sufrir por el peso de la cruz, sino por aquellos hombres malvados que no sólo le pusieron la cruz sobre sus hombros, sino que lo empujaran para que se cayera, que trataban de hacer su cruz más pesada.

Y la joven madre dijo:

— Si los hombres supieran lo que están haciendo.

— Muchos saben lo que están haciendo, ese es el gran problema, y a otros no les importa nada y esos son los peores.

No hay que ir muy lejos para darnos cuenta que María Santísima lleva una cruz muy pesada. Hay que ser sumamente insensible, hay que estar muerto en este tiempo para no darse cuenta que una fuerza preternatural, una fuerza profunda arrastra al hombre al mal. Hay que ser ciegos, sordos para no darnos cuenta que Satanás quiere desprender a los hijos de Dios del seno de la Salvación. Y ante esta realidad que vivimos y el crecer de los problemas de toda índole, ante la guerra preternatural que vivimos entre el bien y el mal, ¿vamos a vivir sentados? ¿Vamos a seguir sin hacer nada?

En todas las apariciones de la Virgen, la gran preocupación de Ella son los cientos de miles de hombres y mujeres que se condenan y van al fuego del infierno, por falta de sinceridad, por falta de honestidad, por la mentira; por la sumisión al rey de la diversión, al rey de la satisfacción y de la comodidad, por la sumisión al demonio vivo, a Satanás que camina en nuestra tierra.

Es fácil dejar a Cristo solo con su cruz, que la cargue, que caiga una y otra vez y decir que murió por nuestros pecados. Es fácil ver cómo sufre María, Su Madre; es fácil ver cómo Ella hasta llora lágrimas de sangre, con su corazón atravesado por lanzas, por espadas.

¿Qué va a pasar? ¿Qué va a suceder? Hoy los hombres buscan algún tipo de bien espiritual y se esfuerzan por encontrar la Verdad, o más bien su verdad, la que más les acomode, la que más les guste. Se vive entonces en un romanticismo y afán de conocimiento. Pero eso no basta, no basta con decir que hemos encontrado nuestra verdad. Hay que buscar la única Verdad, la que nos libera de nuestras ataduras, esclavitudes y pasiones. Es época entonces de poner las manos al servicio de Dios, de tomar el Santo Rosario y empezar a rezar, pues lo vamos a necesitar. Es época de mucha oración, penitencia, vivir en austeridad. Es época de buscar vivir las virtudes. Es época de hacer la guerra al enemigo de Dios y de María. Y de la misma manera que la joven madre se arrodilló frente a la Virgen y le oyó decir: Comprendo, porque fui madre, nosotros debemos pensar también que somos sus hijos, y que como hijos de Ella no tendremos un mayor privilegio que el que tuvo Su Hijo Jesús. Así es. El llamado es de cruz, de sufrimiento y aún de persecución. Pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine para entender los tiempos trascendentales que estamos viviendo. Son los tiempos determinantes para la Historia de la Salvación, porque a pesar de todo, todavía quedan unos pocos...