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La Maternidad Espiritual de María

A lo largo del tiempo han sido muchos los Padres de la Iglesia y las grandes figuras, hoy veneradas en los altares, que han defendido la doctrina de la Maternidad Espiritual de María y que en estos tiempos tiene especial trascendencia.

 

Y decimos esto porque los llamados apóstoles de los últimos tiempos, cuya misión específica consiste en preparar la segunda venida de Cristo a la tierra, deben lograr previamente, como presupuesto obligado, su Cristianización, esto es, que la Virgen engendre a Cristo en sus almas y confundidas así la naturaleza Divina con la humana, actúen y se muevan como autómatas a imitación de la inspiración e influjo del propio Hijo de Dios. Este acto debe vivirse en cada Navidad en que se recuerda la primera venida de Dios hecho hombre al mundo y en la próxima venida de Jesucristo a la tierra como rey de todas las cosas creadas.

La maternidad de María debe ser hoy en día la doctrina especialmente liberadora del pecado, el ancla de salvación para la humanidad, la invocación de eficaz y sorprendente remedio. A través de ella los hombres progresarán en el camino de la mística y crecimiento espiritual. Jesucristo quiere que consideremos a Su Madre como Madre Nuestra y así la invoquemos y la llamemos, pidiéndole que nazca Cristo en nuestro corazón mediante la humildad, la sencillez, la oración y la penitencia; sólo así, viviendo Cristo en nosotros de manera oculta y escondida, podrá venir Él después en forma gloriosa y triunfante. Este es el camino a seguir para poder participar del Cuerpo Místico de Cristo y quedarnos incorporados a Él como un miembro más. Suele decirse que todos los cristianos forman el Cuerpo Místico de Cristo, pero la verdad es que aunque todos en potencia pueden alcanzar esa categoría de ser miembros vivos de un mismo cuerpo divino, solamente la adquieren en verdad los que conscientes de este misterio invocan a María para que haga nacer a Cristo en nuestras almas, convirtiéndose en miembros vivos de esta realidad incomprensible.

Para lograr todo esto es necesario invocar a María como Madre Nuestra. La Jaculatoria y la doctrina que se centra en la invocación de María madre de Dios y Madre Nuestra ha demostrado en la práctica producir verdaderos milagros.

La doctrina que defendemos es la que llevó a Luis María Grignon de Monfort a los altares, ese santo autor del “Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen”, tratado que recomendó Pío X, el 27 de diciembre de 1908, concediendo la bendición apostólica para todos los que lo leyeran.

Dice el santo lo siguiente: “Jesucristo vino al mundo por medio de la Santísima Virgen y por Ella debe también reinar en el mundo”.

María estuvo muy oculta en la vida. Por eso el Espíritu Santo y la Iglesia la llaman “Alma Mater”: “Madre oculta y escondida”. Su humildad fue tan profunda que mientras vivió en la tierra jamás tuvo afán tan poderoso y continuo como el de ocultarse a sí misma y a todas las criaturas; pero Dios Padre la hará salir de esa fuerza oculta y misteriosa, precisamente como predecesora de Cristo en su Parusía. Esto explica las numerosas apariciones marianas verdaderas que hoy se descubren por todo el orbe.

Si examinamos la vida de Jesús, percibimos que Dios quiso comenzar sus milagros por medio de María. A San Juan lo santificó en el seno de su propia madre, Santa Isabel, por las palabras de María; en las bodas de Caná convirtió el agua en vino a ruegos de María. En una palabra: por María comenzaron y continuaron los milagros de Jesucristo y por María continuarán hasta el fin de los siglos, como mediadora universal de todas las gracias.

En esta época navideña hagamos la prueba de llamar a María como Madre, de invocarla como hijos pendientes de su protección, de pedirle que nos haga miembros vivos de su Hijo Divino, para que con la oración y la penitencia y bajo el amparo de nuestra Bendita Madre encontremos el Camino, la Verdad y la Vida.

 

Artículo escrito por el autor y publicado en el periódico El Heraldo de México el domingo 28 de diciembre de 1986.

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