Juan

Juan fue identificado en los Evangelios como el discípulo amado, el que tuvo la dicha de recostar su cabeza sobre el pecho de nuestro Señor en la Última Cena.

Y por alguna razón poderosa Jesucristo lo escogió para ser el instrumento de la Revelación más importante, en nuestra opinión, de la Sagrada Escritura. Este apóstol se encuentra además envuelto en un gran misterio, porque amén de que el Señor lo escogió siempre para los casos solemnes, como fue la Transfiguración en el Monte Tabor, la resurrección de la hija de Jairo y la oración en el Huerto de los Olivos, fue el único de los apóstoles que estuvo presente en la crucifixión de Jesucristo y con la especial circunstancia de que el Señor, poco antes de morir, desde lo alto de la cruz le encomendó la custodia de su Santísima Madre. "Hijo, he ahí a tu madre y Mujer, he ahí a tu hijo" (Jn. 19, 26 – 27), lo que nos indica que Juan representó en ese instante a todo el género humano, lo que no es poca cosa.

Por eso no nos sorprende que Jesucristo se haya referido de él con las siguientes palabras que le dijo al Apóstol Pedro poco antes de la Ascensión, "Si Yo quiero que este se quede hasta que Yo vuelva, ¿a ti qué?"(Juan 21, 22. 64). Lo cual nos sugiere que este evangelista no ha muerto, y que se ha mantenido escondido en algún lugar de incógnito. Es en el propio Apocalipsis que un ángel de gran poder le dice a Juan lo siguiente: "Es preciso que de nuevo profetices a los pueblos, a las naciones, a las lenguas y a los reyes" (10, 11). Y por eso San Hilario, San Gregorio Magno, San Ambrosio y San Francisco de Sales creían, como también algunos discípulos de Juan, que éste no había muerto y que vendría en los tiempos finales para profetizar nuevamente a los hombres y que eso significaría las palabras "es necesario que profetices de nuevo".

Además de lo anterior, varios Padres de la Iglesia han dicho que Juan Evangelista sí murió en Éfeso, pero que su alma fue llevada al Paraíso y que su cuerpo incorrupto resucitará en la época del Anticristo y se unirá a Elías y a Enoch para predicar el Evangelio y luchar contra el Dragón infernal. Esta es la opinión de San Efrén, San Hilario y San Epifanio. Sea lo que fuere es claro que Juan está envuelto en un gran misterio. Es el discípulo que se encuentra representado por el Greco con el cáliz en su mano derecha y de cuyo vaso surge un Ave Fénix, que simboliza el renacer de las cenizas, y que expresa el cambio y transformación que se va a dar en la humanidad a partir de la Parusía de Cristo, cuyos pormenores y características están místicamente profetizados en el Apocalipsis, lo que convierte a Juan en el representante especial del género humano en esta hora decisiva de la historia.