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Restitución del Hombre y la Creación

Desde el Paraíso Terrenal, cuando la culpa introdujo el desequilibrio en la naturaleza, la humanidad vive en una atmósfera de milagro y de misterio, toda vez que mantiene un velo que le impide ver con claridad y en todo su esplendor su naturaleza tal y como Dios la creó.

 

La Creación Gime Dolores de Parto

En efecto, San Pablo enseña claramente que igual que el hombre, la naturaleza está “caída”. Es decir, no está en su debido ser, sino en una situación de violencia; digamos que en situación “antinatural”. No es la “natura” en su estado primero, sino la “natura laesa”; natura herida, es decir, “naturaleza”. A ella también le alcanzó la maldición del pecado original del hombre que debía de haber sido su amo. Dice: “A imagen tuya, oh Dios, creaste al hombre, y le encomendaste el universo entero, para que sirviéndote sólo a Ti, su Creador, dominara todo lo creado...”  (IV Plegaria Eucarística). Entonces, ya que el amo se salió del orden, la maldición del desorden cayó sobre toda la “casa”.

La creación pues no es ahora para el hombre lo que hubiera sido de no haber ocurrido la caída de los primeros padres en el pecado. Esta realidad de la “creación entera”, afectada penosamente por el pecado del hombre, es la que denuncia San Pablo al decir que “la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios. La creación en efecto, fue sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquél que la sometió en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción... pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto” (Romanos 8, 18 – 22).

El punto fundamental es este: el universo material participa de las consecuencias del pecado original. Y así se encuentra hasta ahora, oprimido por esta miseria de afectación y corrupción en muchos aspectos.

Ahora bien, lo anterior no significa que cuando se establezca en plenitud el Reino de Cristo en la tierra se vaya a destruir la naturaleza para darle sitio a lo sobrenatural. No es así, sino que la misma creación material será transformada extraordinaria y sobrenaturalmente, pero seguirá teniendo su fundamento en el orden natural creado por Dios, eso sí, sublimizado todo el cielo y la tierra a un máximo de perfección. Por eso veremos y están profetizados cielos nuevos y tierra nueva.

¿A qué es semejante el Reino de Dios?

Es así como Cristo explica el Reino de Dios: “¿A qué es semejante el Reino de Dios? ¿A qué lo compararé? Es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo puso en su jardín, y creció hasta hacerse árbol, y las aves del cielo anidaron en sus ramas” (Lucas 13, 19).

La primera idea que esta comparación suscita es la del enorme crecimiento de algo pequeño y este es el sentido que se le suele dar. Más sin embargo, hay otro aspecto que quizá sea el más importante: el Reino de Dios implica la transformación de los accidentes, sin modificar las sustancias. En la semilla estaba potencialmente el árbol, pero el árbol en nada se parece a la semilla, es otra cosa, sin dejar de ser la misma.

Se advierte pues que no se trata de engrandecer algo, sino de transformarlo. Por tanto, nada obsta que en el tiempo del Reino de Dios se restablezca y se restituya el Paraíso Terrenal, si se ha de reparar con ventaja todo el daño hecho por la serpiente. Por eso quizá el Génesis dice que el Paraíso Terrenal fue cerrado después de la culpa, más no destruido (3, 24). Por tanto, podemos imaginarnos que se restablezca el llamado Paraíso Terrenal con las mismas condiciones que ya existió en la antigüedad. Dios lo había creado para delicia de la humanidad; pero la primera pareja humana –por instigación de la serpiente que explotó el libre albedrío del hombre–  introdujo en el mundo la culpa, que nosotros hemos heredado.

Cielos Nuevos y Tierra Nueva

Es a la luz de estas consideraciones que podemos entender las palabras de San Pedro que dice que “esperamos conforme a sus promesas, nuevos cielos y nueva tierra, donde habite la justicia” (II 3, 13). Esto quiere decir conforme al texto citado que los “cielos nuevos y la tierra nueva” no se reducen solamente a una transformación moral, sino también física de la tierra. Esto quiere decir que cuando venga la Parusía del Señor “Él renovará todo” (Apocalipsis 21, 5), es decir, el orbe donde vivió la humanidad caída, ya que “si el mundo que participó en cierto modo de los pecados de la humanidad, fue condenado con ella, también será transfigurado con ella al fin de los tiempos” (Filión) y será restablecido por Dios en estado igual y aún superior a aquél en que fuera creado.

Así lo dice el Concilio Vaticano II:

“No conocemos ni el tiempo ni el modo de la nueva tierra y de la nueva humanidad, ni el modo en que el universo se transformará. Pasa ciertamente la figura de este mundo deformado por el pecado (Apoc 21, 4 – 5 y I Cor 2,9) pero sabemos que Dios prepara una nueva habitación, y una nueva tierra en la que habite la justicia” (II Pedro 3, 13).

Los profetas anuncian un mundo regenerado donde la creación inanimada tomará parte en la felicidad del hombre. Y es con la Parusía de nuestro Señor Jesucristo que comenzarán estos “cielos nuevos y tierra nueva”, tal y como lo confirma también  Isaías en el capítulo 65: “Pues he aquí que Yo creo cielos nuevos y tierra nueva y no serán recordados los primeros ni vendrán a la memoria; antes habrá gozo y regocijo por siempre jamás por lo que voy a crear... ” (17 – 18).

Entonces la frase “nuevos cielos y nueva tierra” nos indican una transformación de las cosas creadas, por lo que este mundo no será aniquilado, sino solamente renovado y cambiado en mejor, pues como dice San Jerónimo: “Pasa la figura no la sustancia”. No veremos otros cielos ni otra tierra, sino los viejos y los antiguos mudados en otros mejores.

Más aún, es a raíz del Día de la  Ira de Yahvé –con lo que da inicio la Parusía– que tendrá lugar precisamente la purificación necesaria que permitirá que surjan los “cielos nuevos y tierra nueva” a través del fuego, según lo confirma el propio Apóstol Pedro: “Se les escapa, porque así lo quieren, que hubo cielo desde antiguo y tierra sacada del agua y afirmada sobre el agua por la palabra de Dios; y que por esto, el mundo de entonces pereció anegado en el agua; pero los cielos de hoy y la tierra están, por esa misma palabra, reservados para el fuego, guardados para el día del juicio y del exterminio de los hombres impíos” (3, 5).

A mayor claridad, San Pedro expresa que aquel antiguo mundo antes del diluvio pereció anegado en el agua; y que el presente perecerá por el fuego. Es decir, los cielos y la tierra actuales están reservados por la misma palabra de Dios para el fuego. Y de la misma manera que aquel antiguo mundo no pereció en lo sustancial sino sólo en lo accidental –cambiándose de bien a mal– así también este mundo tampoco perecerá en lo sustancial por el fuego, sino que se mudará de mal a bien, recobrando por este medio su antigua belleza y volviendo a aparecer, con grandes mejoras, con aquella hermosura y perfección con que salió desde un principio de las manos del Creador.

Ahora bien, y esto es muy importante, no podrá tener lugar la restauración del universo material, si no tiene lugar primero la restitución del hombre. Es decir, la regeneración cósmica, cuyo término griego es el de la palingenesia –regeneración de todo–, tiene que empezar a partir primeramente del hombre, quien es la pieza clave y centro de la creación. En otras palabras, cuando el hombre restituya en su ser todo lo que recibió de Dios y perdió como consecuencia del pecado, entonces el mundo –que fue maldito a causa de ese pecado del hombre, y sometido por tanto a la servidumbre de la vanidad y de la corrupción– podrá alcanzar su liberación total; por eso ahora “gime” al ansiar la vuelta a su primitivo y verdadero ser, en espera de la liberación del hombre, es decir, en espera de la liberación del pecado y sus efectos en el hombre, o lo que es lo mismo, en espera de la manifestación total y plena de todo nuestro ser en Cristo.

La Restitución del Hombre

Este es uno de los puntos más trascendentales de los misterios del Reino; de las promesas a las que Jesucristo se refiere en cada una de las siete Iglesias del Apocalipsis y que serán objeto de premio para todos y cada uno de los vencedores, tema que debe ser de otro artículo.

Ahora, para abordar el tema de la restitución del hombre conviene tener muy claras algunas ideas fundamentales de la Sagrada Escritura y que ayudarán a comprender este aspecto esencial de la Revelación cristiana. Por tanto, diremos lo siguiente:

  1. Todas las cosas han sido creadas por Dios. No ha  lugar a ningún proceso de evolución de las especies.
  2. Todas las cosas y todos los seres han sido creados con motivo de una criatura, el hombre, como centro de la creación, constituido por Dios como rey y sacerdote de la creación, destinatario y heredero de todo (Génesis 1, 26 – 28).
  3. Al mismo tiempo, el hombre ha sido creado por Cristo y en Cristo. Así lo dice San Pablo en Corintios: “Todo es vuestro, más vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios” (I 3, 22 – 23). Es decir, “en Él nos ha elegido antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e inmaculados ante Él en su Amor” (Efesios 1, 3 – 5); y también “todas las cosas han sido creadas por medio de Él y en vista de Él. Él es antes de todas las cosas y todas subsisten en Él” (Colosenses 1, 15 – 20). Y en el Credo recitamos “Creo... en Jesucristo Su Hijo... por quien todo fue hecho”.
  4. Dentro de todo este orden armonioso y maravilloso creado por Dios, el hombre, por engaño del demonio, pecó y se pervirtió, se degradó y se salió del plan original que Dios le había encomendado. Se salió del orden establecido por Dios.
  5. Esto trajo un desorden y las cosas que le habían sido sometidas se desordenaron, perdieron su armonía y belleza, dando paso a la caducidad, a la corrupción (Romanos 8, 18) y el universo entero quedó eclipsado y enlutado a causa del pecado.

Imagen y Semejanza de Dios

Ahora bien, volvamos al principio, antes de la caída. Y dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra Imagen y Semejanza...  creó Dios, pues, al ser humano a su Imagen; a Imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó (Génesis 1, 26 – 27).

Dice el Génesis que Dios dijo “hagamos, en plural, ya que tres son las obras de Dios “ad extra”, es decir, fuera de su propio Ser Divino. Son obras comunitarias de la Santísima Trinidad, pero cada obra tiene como protagonista a una de las Tres Divinas Personas: así al Padre le corresponde la Creación, al Hijo la Redención y al Espíritu Santo la Santificación. Entonces dice el texto: “Hagamos al hombre a nuestra Imagen y Semejanza”. Esto quiere decir que Dios creó al hombre en el Paraíso como un “ser trino a Imagen de la Trinidad Divina”, es decir, el Alma como reflejo de Dios Padre; el Entendimiento como expresión del Espíritu Santo y el Cuerpo como imagen de Jesucristo. Y este hombre trino creado por Dios en el Paraíso fue rodeado de toda clase de “dones naturales, preternaturales y sobrenaturales”. Respecto a los “preternaturales”, Dios le confirió a los Primeros Padres del Paraíso Terrenal el “don de la ciencia”, es decir, un gran y elevado número de conocimientos; el de la “integridad”, consistente en el orden perfecto de toda su naturaleza. Un tercer don fue el de la “inmunidad” de su cuerpo, por el que no estaban sometidos al dolor. Y finalmente el “don de la inmortalidad” que le permitía al hombre, después de vivir en el Paraíso Terrenal, trasladarse al Paraíso Celestial sin pasar por la muerte, ya que fue creado para no morir.

De la misma manera, el hombre recibió los “dones sobrenaturales” consistentes en la gracia santificante que es una participación de la Naturaleza Divina, así como las virtudes y los dones del Espíritu Santo.

Más aún, todos estos “dones sobrenaturales y preternaturales” tenían dos propiedades: eran permanentes y transmisibles.

Estas cualidades del hombre del Paraíso creado a Imagen y Semejanza de Dios se perdieron por el pecado, lo que trajo como consecuencias que el hombre perdiera la posibilidad de ir al cielo, así como toda Imagen y Semejanza divina. El pecado le trajo al hombre su muerte espiritual y corporal. Es entonces a partir de la primera venida de Cristo a la tierra en que empieza a desarrollarse el proceso de restauración del hombre. Así, en primer lugar, Jesucristo con Su Pasión redentora nos liberó de la muerte espiritual para que así pudiéramos tener abiertas las puertas del cielo. En efecto, “así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos” (Romanos 5, 19).

No obstante, los efectos materiales del pecado, es decir, la muerte corporal –con todo lo que ello significa– aún permanecen en el hombre de hoy. Pero dice Jesucristo “Cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación” (Lucas 21, 28). La liberación que aún está pendiente por otorgársele al hombre es aquella “de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Romanos 8, 21). La corrupción es una servidumbre y es parte de nuestra esclavitud hacia el demonio; pero la Parusía nos acerca “al rescate de nuestro cuerpo”, y así, “nosotros, que poseemos las primicias del espíritu (pero no su completo desarrollo), nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo (Romanos 8, 22 – 23).

Es decir, la restitución del hombre implica una poderosa renovación del Espíritu Santo para que “este ser corruptible se revista de incorruptibilidad; y que este ser mortal se revista de inmortalidad” (I Corintios 15, 53), pues tal y como dice el Apóstol Juan: “Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es” (I  3, 2).

Somos pues hijos de Dios, pero esta maravillosa realidad no ha quedado del todo clara y patente. La filiación adoptiva a la que hemos llegado por el bautismo está ahora oscurecida y cubierta por un velo. Este velo debe ser quitado algún día y manifestar el ser que de verdad nos corresponde en cuanto a hijos de Dios. Ser realmente Imagen y Semejanza de Dios. Así, el texto de Juan quedará realizado cuando todo esto que llevamos dentro de nuestro ser, “cuerpo, alma y entendimiento” se irradie también hacia fuera transformando todo nuestro ser, porque “nosotros estamos a la espera de un salvador, el Señor Jesucristo, que ha de venirnos del cielo; y que Él acabará transformando este pobre cuerpo nuestro de ahora a semejanza de su propio cuerpo glorioso” (Filipenses 3, 20 – 21).

Entonces, se acercan los tiempos de la restitución del hombre, aquellos en que nosotros volveremos a tener aquella Semejanza con Dios que Adán tenía cuando fue creado inocente y que perdió con el pecado. Semejanza que aún no podemos comprender a plenitud qué significa, porque, aun siendo hijos de Dios, no se ha manifestado plenamente, y eso no obstante que ya ha tenido lugar la Redención. Sólo así puede cumplirse la palabra de Jesucristo: “Sed, pues, perfectos como el Padre Celestial es perfecto” (Mateo 5, 48). Dicho en otras palabras, Dios ha hecho al hombre a su Imagen, para que el hombre sea a Semejanza de Dios. Nosotros somos Imagen creada de Dios en nuestro propio ser, en nuestra naturaleza humana, de la misma manera que el Verbo de Dios es la Imagen increada y consubstancial del Padre, “resplandor de su gloria e imagen de su sustancia” (Hebreos 1, 3). Dicho más claramente, el hombre habría sido como Dios, habría conservado la Semejanza divina en su propia vida humana, sí y solo sí, hubiera sido fiel, si no hubiera salido del plan de Dios, si no hubiera pecado.

Estamos por concluir el proceso de restauración redentora del hombre. La Parusía logrará alcanzar este propósito también. Ya la Redención de Cristo ha puesto a salvo la Imagen de Dios, que es el hombre. Pero Dios no ha terminado su obra restauradora del hombre, hasta que este no sea Semejanza plena de Dios. El plan de Dios para el hombre no puede concluir hasta que la obra de la creación no le haya dado toda la gloria a Dios por medio del hombre, hasta que no vuelva a Él como salió de sus manos, ordenado, bello y casi  perfecto, tal y como estaba en el Paraíso Terrenal. La Parusía de Cristo pondrá a salvo la Semejanza de Dios en el hombre, o mejor dicho, será como dice San Pablo, “la revelación de los hijos de Dios”, es decir, nos hará semejantes a Él, porque lo veremos tal como es Él.

María: El Gran Misterio

En todo este proceso de restauración hay una criatura que refleja a plenitud lo que significa el Plan de Dios para el hombre. Y esta criatura no es otra que la Santísima Virgen María, mujer que fue el instrumento inmaculado y perfecto como esposa del Espíritu Santo para que el Verbo de Dios se hiciera hombre.

María es el gran misterio de Dios y que se descubre en este tiempo. María es tanto la hija de Dios nacida en el tiempo, hija de Joaquín y Ana, como también madre de Dios, inmaculada y exenta no sólo del pecado original sino de cualquier mancha o sombra de imperfección, lo que deja ver a la Santísima Virgen como expresión perfecta y exacta de lo que es una criatura a Imagen y Semejanza de Dios. Es pues esta perfección lo que la hace ser el modelo de la futura humanidad, en la que, por medio de Ella y a través de Ella, según el Plan de Dios, todas las cosas serán jerarquizadas en Cristo, “y así puedan llegar los tiempos de la consolación de parte del Señor y Él envíe a Aquél que les había designado como Mesías, a quien debe retener el cielo hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, del que Dios habló por boca de sus santos profetas” (Hechos 3, 20 – 21).

Entonces, la Parusía será la restauración de todas las cosas; el restablecimiento del orden original de la creación, tal y como Dios la quiso antes de que se cometiera el pecado. Este será el Reino de Dios en la tierra, y se logrará por medio de la Santísima Virgen, modelo de la futura humanidad, Imagen y Semejanza plena de Dios para que el hombre pueda alcanzar la santidad y perfección que Dios quiso desde un principio, y se cumpla lo del profeta: “Os rociaré con agua pura y seréis purificados... os daré un corazón nuevo, en vosotros pondré un espíritu nuevo” (Ezequiel 36, 25 – 26).

En conclusión de todo lo dicho

El universo material, creado para el hombre, ha participado hasta hoy de las consecuencias del pecado original. Pero con motivo de la Parusía y la instauración del Reino de Cristo en la tierra a plenitud, la tierra será liberada de esta miseria y será devuelta a las condiciones primeras en que Dios la creó. Esto es precisamente la regeneración que esperamos y que tiene como objetivo primordial restaurar o restituir al hombre, y luego, como objetivo complementario, restaurar o restituir todo lo demás. Esta restitución vendrá como consecuencia del Reino de Cristo en el que se deberán de desarrollar unos nuevos cielos y una nueva tierra en la que more la justicia. Esta justicia no es en el sentido jurídico de dar a cada quien lo suyo, sino como sinónimo de santidad. Por tanto, en ese tiempo encontraremos hombres de una santidad desconocida hasta ahora, ya que las consecuencias del pecado original impidieron que se lograra la consumación plena de la revelación de los hijos de Dios. Por fuerza deberá crearse y surgir una estirpe nueva, ya no más la estirpe de Adán en la que todos mueren, sino una nueva estirpe cuyo cabeza es Cristo pero cuyo modelo es María Santísima.

Con este cielo nuevo y esta tierra nueva empezará pues la verdadera revelación de los hijos de Dios y todo ello coincidirá con la Parusía. Ante este Reino de Cristo queda cada vez más claro por qué su Padre Eterno lo constituyó, en cuanto a hombre, heredero de todo, sometido a Él todo principado, potestad y virtud y sujetas a este Hombre Dios todas las cosas, por quien todo fue hecho y creado.

 

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