InicioTemáticasNuevo Orden MundialTomás Moro, Político, y sin embargo, Santo

Tomás Moro, Político, y sin embargo, Santo

Fue Juan Pablo II quien proclamó a santo Tomás Moro como el Patrono de los gobernantes y de los políticos. ¿Por qué el Papa escogió a esta figura del siglo XVI para proponerla como modelo actual para aquellos que trabajan en el ámbito de la política? Santo Tomás Moro desempeñó el cargo de Lord Canciller de Inglaterra desde 1529 a 1532. Fue ejecutado públicamente, en 1535, por orden de Enrique VIII. La causa fue su fidelidad al catolicismo y a los dictados de su conciencia. Fue su pensamiento y su coherencia moral, especialmente en la defensa de su derecho a actuar según su conciencia, lo que le llevó a un proceso que le privó de su cargo, su rango y honores, sus propiedades y su propia vida. No existe duda de que, a partir de su vida, y de su obra, puede ser considerado como una figura clave en la historia política de Europa.

Las circunstancias históricas que condujeron al proceso contra Tomás Moro son muy conocidas. Enrique VIII, rey de Inglaterra, había contraído matrimonio con Catalina de Aragón. Posteriormente solicitó al Papa la anulación de este matrimonio. La razón que alegaba era que Catalina había estado casada anteriormente con su hermano. En realidad lo que pretendía era legalizar su unión con Ana Bolena, y garantizar así que su descendencia pudiera heredar la Corona. En noviembre de 1534, el Parlamento aprobó el Acta de Supremacía, en la que se declaraba que el rey era la única cabeza suprema sobre la tierra de la Iglesia de Inglaterra.

Siendo ya gran Canciller de Inglaterra, Tomás Moro se negó a firmar esta disposición, a pesar de que sabía que ello significaba caer en desgracia ante el rey. La respuesta fue rotunda: En mi conciencia, éste es uno de los puntos en que no me veo constreñido a obedecer a mi príncipe, ya que, a pesar de lo que otros piensen, en mi mente la verdad se inclina a la solución contraria...Tenéis que comprender que en todos los asuntos que tocan a la conciencia, todo súbdito bueno y fiel está obligado a estimar más su conciencia y su alma que cualquier otra cosa en el mundo.

EL DERECHO NO PUEDE ORDENAR CUALQUIER COSA

En estas breves líneas se recoge, en esencia, el fundamento de la noción de objeción de conciencia, tal y como la conocemos en la actualidad, y de la cual Moro fue un pionero: el Derecho no puede ordenar cualquier cosa. Existen límites que debe respetar. El Estado no puede obligar a los ciudadanos, ni tan siquiera aunque la decisión emane de un Parlamento, a realizar acciones injustas o que agredan gravemente la conciencia de éstos. En palabras de Moro, si yo fuere el único en mi bando y todo el Parlamento se colocara en el otro, me sería muy doloroso, pero seguiría mis propias ideas contra las de tan elevado número.

Tomás Moro delimitó para su propia persona un pequeño ámbito de libertad: su fe le impedía asentir al divorcio y a las segundas nupcias de Enrique, así como a la segregación de la Iglesia de Inglaterra de la Iglesia católica de Roma. Su conciencia, rectamente formada, le impedía actuar en contra de su fe. Por ello, se puede afirmar que el no asentir al divorcio y a la supremacía real sobre la Iglesia no fue tanto una decisión en conciencia como una consecuencia de su fe. Pero el actuar de acuerdo con los dictados de la propia fe, el no dejarla de lado cuando las circunstancias se tornan extremadamente difíciles, fue un verdadero acto de obediencia a la propia conciencia. Como señala el autor alemán Peter Berglar, en La hora de Tomás Moro, con la fuerza de su conciencia, fue capaz de no negar su fe y, con la fuerza de su fe, fue capaz de obedecer a su conciencia hasta la muerte.

Tomás Moro fue conducido a la Torre de Londres y allí permaneció durante quince meses. Hacia fines de 1534 fue objeto de las más severas restricciones. Entre otras prohibiciones, se le negaron las visitas y se le prohibió tener libros. Se le confiscaron sus tierras y su salud se deterioraba progresivamente.

MODELO DE COHERENCIA

El juicio contra Tomás Moro comenzó el 1 de julio de 1535. La vista fue en el Hall, el mismo lugar en el que él y su padre habían administrado justicia. Contestó al jurado que lo juzgó: Habéis de comprender que en lo que afecte a la conciencia, todo súbdito fiel y honrado ha de respetar su propia conciencia y su alma más que ninguna otra cosa en el mundo; especialmente cuando su conciencia es como la mía, es decir, que la persona no da ocasión de calumnia, tumulto ni sedición frente a su príncipe.

Se dictó sentencia de muerte, que se ejecutó cuatro días después. Ya en el cadalso, Moro rogó a los presentes insistentemente que oraran por el rey, para que recibiera buen consejo, y volvió a afirmar que moría como buen servidor del monarca, pero antes lo era de Dios. Su cabeza, escaldada con agua hirviendo como era costumbre, fue colocada sobre un poste de la torre del Puente de Londres. Cuando, un mes más tarde, su hija se enteró de que iba a ser arrojada al río, consiguió que se la entregaran. Actualmente se encuentra en la iglesia de San Dunstan, en Canterbury.

En definitiva, la coherencia moral de Tomás Moro, en un momento histórico en el que Europa estaba marcada por profundas convulsiones de todo tipo, es, efectivamente, un modelo para gobernantes y políticos y, en general, para la sociedad actual.

Ángela Aparisi

Su Vida

De aquellos edificios y de aquel amplio jardín nada queda. Sobre parte del solar construyeron un convento, cuya iglesia fue destruida en uno de los bombardeos de la segunda guerra mundial, y hoy está levantada de nuevo.

En la paz dormida que guardan los locutorios conventuales me enseñaron un trozo de la camisa de áspero pelo que el Canciller de Inglaterra usaba como cilicio. Luego me mostraron un patizuelo y una pequeña huerta. Al fondo, junto al paredón posterior de la iglesia, un moral mantenía, ligeramente inclinado, el peso multisecular de los años: con ramas escasas, con claros en el follaje, con arrugas y grietas en el tronco.

Es tradición que Moro plantó aquel árbol con sus propias manos y que a su vera solía sentarse, gastando bromas a los políticos y humanistas, conversando con los amigos de la casa, socorriendo a los pobres de la vecindad, mientras a su alrededor circulaba la familia y jugueteaban los nietos.

No era tiempo de moras, pero las monjas me aseguraron que el árbol las producía muy sabrosas. Corté un brote del tronco retallecido y salí a pasearme por la orilla del río, que está a unos pasos de la casa.

Era una tarde de domingo. En la quietud del crepúsculo rumiaba yo recuerdos de historia. Río abajo quedaban la City y la Torre de Londres, invisibles en la revuelta del cauce. Por encima del horizonte se apretujaban nubes cárdenas, retintas de sangre. Pasó corriente arriba una gabarra, removiendo un agua turbia de carbonilla y grasa. Revolaban graciosamente unas gaviotas por la ribera de Battersea. A la derecha, el cielo, jaspeado de transparencias y esplendores, tenía nimbos diáfanos de gloria y baño de luces doradas. Del otro lado sangraban arreboles: allá, por la parte de la Torre, de donde salió el ex Canciller hacia el martirio, en Tower Hill, porque junto al río le mataron al Caballero.

He recorrido los lugares que frecuentó Moro: la City, la antigua judería, Westminster, las Inns. He navegado por la corriente del Támesis, que tantas veces cruzó en bote. Visité los sitios en donde transcurrió su niñez, su juventud y su vida madura: Chelsea, Lambeth, Abingdon, Oxford... He leído todas sus obras. Me detuve a meditar en su casa, en la vieja iglesia de Chelsea, en la Torre donde fue encarcelado... Como él, romero, he ido a Muswell, a Greenwich y a Nuestra Señora de Willesden. He perseguido sus reliquias. Y decidí escribir sobre el espíritu gigante -con dimensiones humanas- de aquel hombre.

Un día, camino de San Dunstan de Canterbury, una voz paternal y amiga me animó a rematar el trabajo. Charlando llegamos a la vieja ciudad de Tomás de Becket, el otro mártir inglés de las causas civiles y políticas, asesinado en la catedral.

San Dunstan es una iglesia en manos protestantes. Aquel día, como casi todos, estaba abierta y vacía. En la nave de la derecha, junto a la cabecera del altar mayor, se encuentra la tumba secular de los Roper, con uno de los cuales casó Margarita, la hija mayor de Tomás Moro. Y cuando al degollar a su padre clavaron la cabeza en una pica, a la entrada del puente de Londres, Margarita sobornó al encargado de arrojarla al río y se llevó consigo la reliquia amada y exangüe.

En el suelo del templo había una lápida negra con una inscripción honrosa. Al lado, una vasija con flores, ni frescas ni marchitas. Debajo, la cabeza del mártir nos hablaba al corazón: ¿Qué importa que un hombre pierda su cuerpo si gana su alma?

Qué figura tan amable y tan cercana. En este momento Moro es a los ojos de los hombres lo que fue en sus días a los ojos de sus contemporáneos: un excelso humanista, un juez recto y prestigioso, embajador, consejero y Canciller eximio de Inglaterra; el mejor de los amigos y modelo de padre y esposo. Y es también, ante nosotros, lo que predicó la posteridad: un mártir, y lo que barruntaron quienes le conocían: un santo.

Desde 1935, año de la canonización de Tomás Moro -y en los años posteriores a esa fecha- se han multiplicado los escritos y estudios de su obra y vida. Y se ha establecido científicamente lo que venía repitiéndose de tiempo atrás: que Moro es una de las figuras cumbres de la historia de Inglaterra.

Los protestantes han pretendido presentarle como uno de sus grandes reformadores religiosos, y los socialistas, como precursor del marxismo en su Utopía. Y para los católicos ha sido siempre la figura prócer de la Reforma en Inglaterra, en cuanto mártir, apologista, escritor y gobernante. De manera que hoy su estampa y su recuerdo atraen al cristiano y al ateo, y a la gente de dentro y fuera de la Commonwealth.

A Tomás Moro se le tributa homenaje en lengua inglesa, francesa, alemana, italiana y rusa; pero hemos olvidado que se halla muy cerca de las vidas de Catalina de Aragón, Carlos V y María Tudor, a quienes personalmente conoció, trató y defendió. Hasta el punto de que Chapuys -el embajador imperial en Londres- escribía al César diciéndole que el Canciller era el mejor amigo que sus partidarios tenían en la isla. Con esta amplia humanidad le vio Luis Vives; así le juzgaron Ribadeneyra, Fernando de Herrera y Quevedo.

No es fácil leer las obras catalogadas y disponibles de Moro, obstáculo que resulta casi insuperable por lo inaccesible de algunas fuentes. Por eso quisiera expresar aquí mi gratitud por las atenciones recibidas en el British Museum de Londres, en la Biblioteca Nacional de Madrid y en el Archivo General de Simancas.

Recorriendo documentos y manuscritos me he parado a entresacar detalles y pensamientos que, a mi entender, tienen valor inestimable para un biógrafo, y que los demás investigadores han pasado por alto. Porque lo que yo persigo en este libro es primordialmente el trazar una semblanza fresca y de nuevo cuño, no empañada por el curso de los años y valedera como ejemplo para nuestro propio quehacer humano.

Sin embargo, la biografía de este hombre no cabe hacerla a la ligera, ya que nos enfrentamos con un espíritu profundo. No es posible tampoco despacharla en breves páginas porque se trata de una vida intensa en los sucesos y cuajada de eficacia. Y, como última razón, por el sugestivo ritmo dramático que encierra, en medio de las luchas políticas y del cisma religioso, bajo el fondo clásico que le presta el remanso tembloroso del humanismo europeo.

La gente de Londres agavilló estos recuerdos y creó en torno a Moro una aureola de leyenda que culminaría en tiempos de Isabel I con un drama llevado a las tablas. Esta obra era producto unido de varios dramaturgos, entre los que probablemente se contaba Shakespeare, rindiendo así tributo popular al mejor de los londinenses.

Y como la historia de los grandes hombres es más interesante y directa que las hipótesis imaginativas o los inventos novelados, fácil es explicarse que, luego de valorar las fuentes en su justo aprecio, venga apoyando este libro con largo aparato de notas. He procurado, con todo, dejar al lector un texto terso y expedito, aunque ampliado con aclaraciones marginales. Así, por diversos motivos, podrán consultarlas el erudito, el desconfiado y el hambriento de información. Y el que quiera puede pasarlas de largo.

He escrito con la cabeza, pero no es sorprendente que al correr de las páginas brote, como un alarido del alma, la voz imperiosa del corazón. Nadie ha podido contenerse, sobre todo al llegar a ese trágico momento en que las mejores plumas desde Erasmo y el cardenal Pole hasta nuestros días se estremecieron rompiendo a entonar el Carmen heroicum in mortem Thomae Mori.

Pero Tomás Moro no ha muerto. Está con nosotros, en medio de nosotros. Como ejemplo vivo para nuestra conducta de cristianos. Como santo que intercede por esos conflictos político-religiosos que devoran el mundo. El es -Morus noster- semilla fecunda de paz y de alegría, como lo fue su paso por la tierra entre su familia y amigos, en el foro, en la cátedra, en la Corte, en las embajadas, en el Parlamento y en el gobierno.

Es también el patrono silencioso de Inglaterra, que derramó su sangre en defensa de la unidad de la Iglesia y del poder espiritual del vicario de Cristo. Y siendo la sangre de los cristianos semilla germinante, la de Tomás Moro va lentamente calando y empapando las almas de quienes a él se acercan imantados por su prestigio, dulzura y fortaleza. Moro será el apóstol silencioso del retorno a la fe de todo un pueblo.

Generoso con su vida, no dejó de serlo después de su muerte. Y creo yo que el Señor concedió que su cuerpo, mutilado y no identificado, reposase como el de un soldado desconocido en el osario de la Torre de Londres. Reliquia no guardada en urna ni arqueta de plata, sino en la encrucijada de la historia y en medio de la City, donde santificó sus tareas terrenales.

Quiera Dios que a su vibración se tense y abrase nuestro espíritu, y que nuestra alma se ensanche a la talla y medida de su persona.

Andrés Vázquez de Prada.  Sir Tomás Moro. Prólogo a la Primera Edición. Ediciones Rialp.