Dies Irae

Se  le conoce con el nombre de Dies Irae (Día de la Ira) al acto mediante el cual Dios Nuestro Señor va a hacer caer sobre la humanidad un gran castigo como consecuencia de la apostasía y de los pecados de los hombres que han llegado al Cielo y que claman venganza. Son muchísimas las citas tanto de María Santísima en sus apariciones como en mensajes de místicos y santos que hacen referencia a una gran purificación que el mundo va a sufrir por medio del fuego, comparable con los días del diluvio, donde dos terceras partes de la humanidad perecerán. Este castigo o purificación al mundo encuentra perfecta correlación en muchos textos de la Sagrada Escritura, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.

 

Justicia y Misericordia Divina

Ante este magno y terrible acontecimiento son muchos los hombres que se cuestionan sobre la Misericordia de Dios, pues no entienden cómo es posible que pueda Él castigar a tan gran escala siendo, como en realidad lo es, un Ser lleno de profundo amor, y no solamente eso, sino el Amor y la Bondad misma. Sin embargo, la Justicia y la Misericordia de Dios son un mismo y solo atributo. Dios es infinitamente Justo por su Misericordia; a su vez, es infinitamente Misericordioso por su Justicia. No perdamos de vista que el pecado es la consecuencia de todos los males que existen en este mundo. El dolor, el sufrimiento, las desgracias de este mundo no son sino consecuencia de nuestros propios pecados. Y precisamente el principal efecto del pecado es la muerte y el sufrimiento. No es que Dios quiera castigarnos; sino que Dios es Justo. Más aún, es la Justicia misma y da a cada quien según sus obras.

Para que entendamos correctamente lo anterior, debemos tener presente que el pecado original trajo la acción de la Misericordia y de la Justicia de Dios. En efecto, el pecado de Adán y Eva hizo que la infinita Misericordia de Dios se manifestara a través de Su Justicia cuando determinó que su Hijo unigénito, siendo inocente, asumiera el rigor de Su Justicia, sin eximirle el padecer y morir en la cruz por todos nosotros. Del mismo modo, movido por Su infinita Misericordia y Amor a los hombres, la Justicia de Dios se hará presente para que un mayor número de almas se pueda salvar con motivo de este Juicio que Dios desencadenará. De tal forma que Su Justicia y Su Misericordia resultan ser un mismo y solo atributo divino visto desde ángulos diversos, siempre con el propósito de que todos los hombres se salven y lleguen finalmente al conocimiento de la verdad.

Queda pues clara la relación estrecha entre pecado y castigo y de un Dios que juzga y salva; pues el castigo no es otra cosa que una sanción medicinal que busca restablecer el camino recto. Para unos será un callejón sin salida y su condenación eterna; para otros, la invitación para volver a Dios. Y está claro que cuando Dios juzga y castiga no anda con medias tintas: Adán y Eva, expulsados del paraíso; Caín expulsado de la tierra fértil; el Diluvio Universal, la Torre de Babel y la confusión de lenguas; Sodoma y Gomorra. Y vemos también cómo el pueblo de Israel pasó duros castigos: la esclavitud en Egipto; las epidemias, guerras, invasiones, dos deportaciones a Siria, tres deportaciones babilónicas, ocupación griega, ocupación romana, etc. Y hoy como nunca la humanidad se ha apartado de Dios y los pecados de los hombres claman al Cielo.

Oídos Sordos y Ojos Ciegos

Las apariciones y revelaciones marianas han caído y siguen cayendo en oídos sordos. Nos encontramos en la segunda década del siglo XXI, de las bofetadas y salivazos que caen sin misericordia sobre el crucificado. Las lágrimas de María, desde La Salette en 1846 hasta nuestros días, han estado tan perfectamente escondidas ya que la humanidad las ignora. Por eso la espantosa cólera de Su Hijo amado no es sospechada ni siquiera por los que consagran diariamente Su Cuerpo y Su Sangre. Y el mundo sigue su “feliz” y alucinante trayectoria. Sin embargo, como ya hemos dicho, múltiples y unánimes profecías afirman que nuestra época es la designada para la saciedad de Dios. ¡Esta es la gran realidad y la profunda verdad que ha estado oculta y a la que tendrán que dar cuentas a Dios quienes resulten responsables de tan trágica omisión!

Toda la Justicia Divina se remata con el Dies Irae. La escritura reiteradamente hace alusión a este evento que tendrá lugar en el final de los tiempos –no al fin del tiempo, pues el mundo y la historia continuarán—y que en algunos mensajes privados se le denomina Juicio de Naciones.

Juicio de Naciones

Para comprender mejor el término Juicio de las Naciones, diremos que así como hay dos maneras de juicio de muertos, que son el particular (que se realiza inmediatamente después de la muerte) y el universal (que se realizará en el fin del mundo con el Juicio Final), así hay también dos maneras de juicio de vivos que son el particular y el universal; ya sea que el Señor haga el castigo contra una sola nación (día del Señor contra Egipto, etc.), o bien contra todas a la vez (día del Señor contra toda la gente o naciones). Así entonces al juicio universal de vivos le denominamos juicio universal o Juicio de Naciones; al juicio universal de muertos, le denominamos Juicio Final. El primero tendrá lugar en el Fin de los tiempos, el segundo en el Fin del Mundo. (B. Martín Sánchez. Los Últimos Tiempos. Ed Círculo. Zaragoza, España 1984)

Así pues, al fin de los tiempos, cuando la apostasía llegue a su máxima expresión, se repetirá este castigo de una manera social y colectiva, y este será el Juicio de las Naciones. Entendiendo bien que el castigo es llamado bíblicamente Juicio de Dios, o Día de la Ira de Yahvé o simplemente Día de Yahvé o Dies Irae.

Sagradas Escrituras

Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento refieren con claridad el Juicio de las Naciones que Dios va a desatar en contra del mundo. Veamos algunas citas:

“En la última parte de los días Él juzgará a la gente y dictará sus leyes a numerosos pueblos. Pues el Señor está irritado contra todas las naciones, airado contra el ejército de ellas. Las destina al matadero, las entrega al exterminio y sus muertos quedarán abandonados… porque es el día de la venganza de Yahvé, el año de hacer justicia a Sión” (Isaías 3,4).

“He aquí que el Señor devastará a la tierra y la dejará asolada, trastornará la superficie de ella y dispersará a sus habitantes… y quedará solamente un corto número” (24, 1, 6).

“El Señor entra en Juicio con las Naciones para juzgar a todas, para entregar a los impíos a la espada, palabra del Señor. Así dice el Señor de los ejércitos. He aquí que el mal pasará de una nación a otra y un gran huracán se desencadenará desde los extremos de la tierra. He aquí que se desata el torbellino de Yahvé, tempestad furiosa que se precipita y descarga sobre la cabeza de los impíos. No se calmará el ardor de la ira del Señor hasta realizar y cumplir sus designios. Vosotros los conoceréis al Fin de los Tiempos” (Jeremías: 25, 30 y 30, 23).

“Al Fin de los Tiempos… juzgará a muchos pueblos y ejercerá la justicia sobre las naciones poderosas y hasta las más lejanas.” (Miqueas: 4, 1-3).

“Yahvé estará a tu diestra quebrantando reyes el día de tu ira. Juzgará a las Naciones, llenando la región de cadáveres; aplastará cabezas en vasto campo y tomará venganza de la gente y castigará a los pueblos…” (Salmos 109, 5-6; 149, 7-9).

“Cerca está el día grande del Señor; próximo está y llega con suma velocidad… día de ira es aquél, día de angustia y aflicción, día de devastación y de tinieblas” (Sofonías 1, 14-16).

Como hemos dicho, el Día de la Ira que el profeta anuncia, será el Juicio de las Naciones que reciben su castigo.

“Tiemblen todos los habitantes de la tierra que se acerca el día de Yahvé. Día de tinieblas y de oscuridad” (Joel 2, 2).

“Sucederá en toda la tierra, dice el Señor, que dos partes de ellas serán dispersadas y perecerán y la tercera quedará en ella. Esta tercera parte la haré pasar por el fuego y la purificaré como se purifica la plata y la acrisolaré como se acrisola el oro. Ellos invocarán mi nombre y Yo los escucharé propicio. Yo diré: pueblo mío eres tú, y él dirá, tú eres mi Dios y Señor” (Zacarías: 13, 8-9).

Por su parte, San Pedro dice lo siguiente:

“Y ante todo debéis saber cómo en los postreros días vendrán con sus burlas y sarcasmos y que viven según sus propias concupiscencias y dirán: ¿Dónde está la promesa de su venida? Porque desde que murieron nuestros padres todo permanece igual desde el principio de la creación. Es que voluntariamente quieren ignorar que en otro tiempo hubo cielo y hubo tierra, salida del agua y en el agua asentada por la palabra de Dios; por lo cual el mundo entonces pereció anegado en el agua, mientras los cielos y la tierra actuales están reservados por la misma palabra para el fuego, en el día del Juicio y la perdición de los impíos” (II, 3; 3-10).

Profecía de Jesucristo

“Y habrá señales en el sol, la luna y las estrellas, y en la tierra habrá consternación de la gente inquieta por el estruendo del mar y de las olas; enloquecerán los hombres de miedo y de inquietud por lo que viene sobre la tierra” (Lc 21, 25-26).

“Inmediatamente después de la tribulación de aquellos días el sol se oscurecerá, la luna perderá su resplandor, las estrellas caerán del cielo y las fuerzas de los cielos serán sacudidas.” (Mt 24, 20).

Las Fuerzas de los Cielos serán Sacudidas

Fijémonos cómo Nuestro Señor Jesucristo habla de que “las fuerzas de los cielos serán sacudidas”. Para poder entender con claridad este término de Jesucristo, veamos lo que dice el profeta Isaías al respecto:

“Porque las esclusas de lo alto han sido abiertas, y se estremecen los cimientos de la tierra. Estalla, estalla la tierra, se hace pedazos la tierra, se sacude, se bambolea la tierra, vacila la tierra como un beodo, se balancea como una caña; pesa sobre ella su rebeldía, cae y no volverá a levantarse” (24, 18-20).

En el mismo sentido, dice el profeta Jeremías lo siguiente:

“Y retiembla la tierra, y da vueltas por haberse cumplido contra Babilonia los planes de Yahvé de convertir la tierra de Babel en desolación sin habitantes” (51, 29).

Y algunos salmos coinciden en lo mismo:

“Fuego irá delante de Él y abrazará alrededor a sus enemigos. Alumbrarán sus relámpagos la redondez de la tierra y toda ella fue conmovida” (96-3).

“Has sacudido la tierra, la has hendido; sana sus grietas, pues se desmorona” (Salmo 60-4).

Son también constantes los textos donde se habla de una oscuridad tanto física como espiritual que habrá de vivir la humanidad.

Dice el Salmo 82:

 “No saben ni comprenden; caminan en tinieblas, todos los cimientos de la tierra vacilan.”

Aquí se habla tanto de oscuridad espiritual como de oscuridad física. Algunos textos respecto a la oscuridad física son los siguientes:

“Miré a la tierra y he aquí que era un caos; miré a los cielos y faltaba su luz. Miré a los montes y estaban temblando, y todos los cerros trepidaban. Porque así dice Yahvé: desolación se volverá toda la tierra, aunque no acabaré con ella. Por eso ha de enlutarse la tierra, y se oscurecerán los cielos arriba; pues tengo resuelta mi decisión y no me pesará ni me volveré atrás de ella” (Jer 4, 23 y 27-28).

 El profeta Joel dice al respecto:

“¡Tiemblen todos los habitantes del país, porque llega el día de Yahvé, porque está cerca! Día de tinieblas y de oscuridad, día de nubes y densa niebla. Ante Él tiembla la tierra, se estremecen los cielos, el sol y la luna se oscurecen, y las estrellas retraen su fulgor” (2, 1-2; 2, 10).

El Apocalipsis también expresa lo siguiente:

“El séptimo Ángel derramó su copa sobre el aire; entonces salió del Santuario una fuerte voz que decía: “hecho está”. Se produjeron relámpagos, fragor de truenos y un violento terremoto, como no lo hubo desde que existen los hombres sobre la tierra. La Gran Ciudad se abrió en tres partes, y las ciudades de las naciones se desplomaron; y Dios se acordó de la Gran Babilonia para darle la copa del vino de su furiosa cólera” (16, 17-19).

“Y vi cuando abrió el sexto sello, y se produjo un gran terremoto, y el sol se puso negro como un saco de crin, y la luna entera se puso como sangre; y las estrellas del cielo cayeron a la tierra, como deja caer sus higos la higuera sacudida por un fuerte viento. Y el cielo fue cediendo como un rollo que se envuelve, y todas las montañas e islas fueron removidas de sus lugares. Y los reyes de la tierra y los magnates y los jefes militares y los ricos y los fuertes y todos esclavos o libres se escondieron en las cuevas y entre los peñascos de las montañas. Y decían a las montañas y a los peñascos: “caed sobre nosotros y escondednos de la faz de aquél que está sentado en el trono y de la ira del Cordero; porque ha llegado el Gran Día de su cólera y ¿quién podrá sostenerse?” (6, 12-17).

Así está escrita pues la profecía de la Palabra de Dios en la Sagrada Escritura. Y esta misma Palabra de Dios dice que el cielo y la tierra pasarán, pero que sus palabras no pasarán (Mt 24, 35).

Todo esto ocurrirá no al fin del tiempo sino en el fin de los tiempos. Es decir, ahora, cerca, muy cerca. Y aún antes ocurrirán grandes acontecimientos de dolor y gracia, pero de eso hablaremos en el siguiente artículo.

 

Todos los artículos de este sitio pueden ser reproducidos, siempre y cuando se cite al autor, Luis Eduardo López Padilla, y la página donde fue originalmente publicado, www.apocalipsismariano.com