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Las Puertas del Infierno No Prevalecerán

Cuando Jesucristo confirmó por Promesa Divina con respecto a la Iglesia que acababa de fundar que “las puertas del infierno no prevalecerían en contra de ella”, establecería dos realidades: que la Iglesia permanecería hasta el último día, “el día final”. Pero también que su permanencia no sería sin lucha pues precisamente sería acosada, atacada y enfrentada contra lo que Cristo llamó “las puertas del infierno”. A estas “puertas del infierno” los Padres de la Iglesia las han plenamente identificado con los poderes del mal, con los poderes de las tinieblas, cuya cabeza es un poderoso ángel caído conocido como Satanás, quien sabedor que le queda poco tiempo (Ap 12, 12), anda como león rugiente tratando de despedazar a la Iglesia de Cristo y a sus miembros.

Lo anterior viene con ocasión de lo que ha sucedido en la Iglesia en los últimos tiempos, envuelta en escándalos, confusiones y divisiones; todo como resultado de que se ha ido alejando de la Verdad de Su Fundador y del Orden establecido por el Padre, bebiendo en aguas sucias de falsas filosofías que han oscurecido el Camino Verdadero.

Desolación Espiritual en la Iglesia

Para comprenderlo mejor, recordemos que el centro neurálgico del fin de los tiempos lo constituye la apostasía, siendo la más grave la que ha entrado a la Iglesia. La Santísima Virgen ha pedido cosas concretas a la Iglesia y ha  advertido desde hace más de 200 años la crisis espiritual y las tragedias materiales, sociales, naturales y de desolación en general  que se dejarían venir si los hombres no hacían caso a los llamados de Dios. Estos llamados –digámoslo claramente– fueron desoídos por la inmensa mayoría de los hombres, con gran culpa y responsabilidad de aquellos que debiendo asumir un trabajo serio de estudio y evaluación se habrían pronunciado favorablemente sobre las cientos de manifestaciones marianas auténticas en los cinco continentes, es decir, obispos,  sacerdotes, y también no pocos Papas (por ejemplo, desde 1929 el Cielo pidió expresamente la Consagración de Rusia al Corazón Inmaculado de María, que debía realizar el Papa en unión con todos los obispos del mundo; desde Pio XI a la fecha no se ha cumplimentado este pedido expreso de Nuestro Señor. Es decir, 7 Papas –unos más que otros– cargaron en sus conciencias con esta omisión). 

El mensaje dado en La Salette, Francia, en 1846, dio la voz de alerta de lo que el Cielo pedía, y a su vez advertía lo que podría ocurrir en la Iglesia y en el mundo: al hacer mención entre otras muchas cosas de la mala vida de los sacerdotes, obispos y cardenales por su apego al dinero, honores y placeres; del abandono de la oración y la penitencia por parte de los líderes del Pueblo de Dios; del oscurecimiento de la inteligencia por parte de Satanás, así como las divisiones que él causaría en la sociedad, entre las  familias, pueblos, sociedades y dentro de la misma Iglesia.

La Virgen hizo referencia a un tiempo especial donde Lucifer y muchos demonios y espíritus de las tinieblas serían desencadenados del infierno; a la existencia abundante de mala literatura y de un relajamiento a todo lo que se refiere al servicio de Dios. Al ataque sistemático al Santo Padre y al sufrimiento que tendría que padecer el Papa, hasta el extremo de que Roma –no la Iglesia– perdería la fe y sería destruida.

La Tentación de la Iglesia

Muy al comienzo de las apariciones de Medjugorje –más allá del juicio definitivo de la Iglesia sobre esta mariofanía– en un Mensaje de la Virgen al explicar el capítulo XII del Apocalipsis, eje central del final de los tiempos, decía lo siguiente:

“… debes darte cuenta que Satanás existe. Un día se presentó ante el trono de Dios y pidió permiso para poner a prueba a la Iglesia por un periodo de tiempo y Dios le dio permiso para que lo haga por un siglo. Este siglo (XX) está bajo el poder del demonio…”

Por su parte, el Papa León XIII también creía que ese siglo estaba bajo el poder del demonio. La revista Soul Magazine publicó el siguiente relato en la edición de mayo-junio de 1984:

“El 13 de octubre de 1884, el Papa León XIII acababa de celebrar la Santa Misa cuando escuchó una voz profunda y gutural que decía:

Yo puedo destruir tu Iglesia… para hacerlo necesito más tiempo y más poder. Entonces el Papa oyó una voz suave que preguntó: ¿cuánto tiempo y cuánto poder? La voz gutural respondió: de 75 a 100 años y más poder sobre los que se entreguen a mi servicio. La voz suave replicó: tienes ese tiempo.”

Profundamente perturbado el Papa León XIII mandó que se dijera una oración especial a Miguel Arcángel al final de cada misa:

“Miguel Arcángel, defiéndenos en la lucha. Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Que Dios manifieste su poder sobre él, es nuestra humilde súplica. Y tú, oh Príncipe de la Milicia Celestial, por el poder que Dios Padre te ha concedido arroja al infierno a Satanás y a los demás espíritus malignos que vagan por el mundo para la perdición de las almas. Amén.”

Se siguió diciendo esta oración después de la Misa durante los últimos años del siglo XIX y principios del siglo XX, hasta que el día 26 de septiembre de 1964 se ordenó que ya no se dijera más después de cada Misa.

Precisamente ahora es cuando más se necesitan esta oración y otros ritos exorcistas que existían dentro de la liturgia católica, e inexplicablemente han sido suprimidos.

Catástrofe Anunciada

Desde el principio del cristianismo la Iglesia ha pasado por grandes persecuciones y herejías que eventualmente han minado sus cimientos, que sin lograr atizar un golpe mortal, sí han preparado paulatinamente toda la base de ataque que adquirirá su mayor fuerza en este final de los tiempos, principalmente con las erradas filosofías que a partir del siglo XIV darían lugar a múltiples ideologías, semilla de lo que más adelante generaría una gran confusión en el orden intelectual y posteriormente en el campo moral y religioso.

Especial mención es el año de 1717 con el surgimiento en Inglaterra de la masonería especulativa, que luego degenerará en la masonería oculta o satánica y que ha penetrado al corazón mismo de la Iglesia. Junto con esto, surgen la Ilustración y el Iluminismo, que va a privilegiar a la diosa razón por encima de la fe. Luego también el racionalismo en el siglo XIX y el desarrollo del ateísmo en los ambientes intelectuales y científicos. La filosofía alemana promoverá el idealismo y el positivismo. Y el liberalismo como doctrina hincará sus raíces. El siglo XX es el siglo del modernismo con el humanismo secular, el indiferentismo, el liberalismo teológico, el feminismo radical, el agnosticismo y el panteísmo. Finalmente los totalitarismos con la revolución bolchevique a la cabeza, dando lugar al marxismo leninismo y socialismo comunismo como doctrinas de estado; así como el nazismo. Y entrando de lleno a la época del Concilio Vaticano II surgen los progresismos contra tradicionalismos; en América, la Teología de la Liberación.

Los Papas desde mediados del siglo XIX vinieron alertando de esta catástrofe que se dejaba venir al mundo y a la Iglesia. Pio X alertaba de los enemigos de la Iglesia que “traman su ruina” no desde fuera, “sino desde dentro”. Y de ahí las palabras de Paulo VI en 1972:“Se diría que a través de alguna grieta ha entrado el humo de Satanás en el Templo de Dios”.

A su vez, el entonces Secretario de Estado de Pío XI, Mons. Pacelli, futuro Pío XII, dijo:

“Escucho a mi alrededor a los innovadores que quieren desmantelar la Capilla Sagrada, destruir la llama universal de la Iglesia, rechazar sus ornamentos, hacer que se arrepienta de su pasado históricoVendrá un día en que el mundo civilizado renegará de su Dios, en el que la Iglesia dudará como San Pedro dudó.”

Luego vino el Concilio Vaticano II. Y hay que decir que la Iglesia Católica entró dividida y salió de él enfrentada en dos bandos irreconciliables que mantienen aún hoy sus profundas diferencias; lo que dio lugar a dos difundidas interpretaciones del concilio. De aquí las palabras del entonces Cardenal Ratzinger en 1984:

“Resulta incontestable que los últimos veinte años han sido decididamente desfavorables para la Iglesia Católica. Los resultados que han seguido del concilio parecen oponerse cruelmente a las esperanzas de todos, comenzando por las del Papa Juan XXIII y, después, las de Pablo VI… Los Papas y los padres conciliares esperaban una nueva unidad católica y ha sobrevenido una división tal que –en palabras de Paulo VI– se ha pasado de la autocrítica a la autodestrucción... Estoy convencido de que los males que hemos experimentado en estos veinte años no se deben al concilio “verdadero”, sino al hecho de haberse desatado en el interior de la Iglesia ocultas fuerzas agresivas, centrífugas, irresponsables…” (Informe s/la fe. 1984).

Bajo Juan Pablo II la grave crisis interna de la Iglesia no sólo continuó sino que se agravó, pese a que con el Papa parecía haberse aplacado un tanto la furia innovadora, herética, revolucionaria y de apostasía de tantos sacerdotes, laicos y obispos de todo el mundo.

No obstante, el neo-modernismo progresista quedó consolidado en la Iglesia pero sólo de hecho, no doctrinariamente en la cátedra de Pedro, ni tampoco por Juan Pablo II quien predicó incansablemente por todo el mundo contra sus errores y que, para no precipitar a la Iglesia en males mayores, no pudo erradicar a los muy numerosos teólogos y sacerdotes que los sustentaban más o menos abiertamente.

Toda esta división inter eclesial suma varias causas: las erradas y falsas filosofías modernistas; el ataque del poder de las tinieblas; el mal uso de la libertad humana; la falta de oración, sacrificio y penitencia de parte de los pastores que han ocasionado la pérdida de la fe de las almas y han dado lugar a la desunión y al antagonismo.

El entonces Cardenal Wojtyla lo advirtió con mente preclara en 1976: “Estamos ante la confrontación histórica más grande que la humanidad jamás haya pasado. Estamos ante la lucha final entre la Iglesia y la anti-iglesia, el Evangelio y el anti-evangelio…”

Sínodo de la Familia

Y en medio de muchos y graves problemas y escándalos que atraviesa la Iglesia – “y que hace agua por todas partes”, como dijera en el rezo del Vía Crucis del 2005 el Cardenal Ratzingerel pontificado de Francisco ha abierto un parte aguas que ha expuesto a la vista del mundo la incontrastable división de la Iglesia. La vivencia real del Evangelio es una espada de doble filo que a muchos incomoda.

Francisco es el Papa rompedor que ha sido testigo y a lo más causa instrumental –que no eficiente como algunos arguyen– de la división dentro de la Iglesia, y el Sínodo de la Familia ha sido ocasión de ello. Por eso, aunque sea doloroso decirlo, hoy es natural asistir cada vez más a contradicciones, oscuridad, enfrentamientos, divisiones y expresiones de falta de unidad entre todos los miembros de la Iglesia, incluidos temas de dogma, fe, costumbres y disciplina eclesial. Todo y esto tal y como se profetizó hace muchos años de que llegarían los tiempos de confusión y división al interior de la Iglesia de Cristo. Pero esta contradicción entra en los planes de la Divina Providencia y que hemos de enfrentar y asumir como parte de la pasión de la Iglesia, pues Dios permite el mal ya que de su existencia sacará mayores bienes.

Debemos recordar y enfatizar una vez más que fue sólo a Pedro a quien el Señor Jesús le prometió que su fe no desfallecería, pues Satanás había pedido cribarlo como el trigo (Lc 22, 31-32) y en esto se funda la roca inconmovible y existencia de la Iglesia en 2,000 años. Respecto a los obispos, la asistencia de Dios a su Magisterio sólo es infalible mientras su doctrina y enseñanza coincida con la del Papa; la asistencia se les prometió a los apóstoles con Pedro, no sin él y menos frente a él. Por eso ninguna herejía de obispos –y ha habido muchas a lo largo de la historia– puede hacer peligrar nuestra fe si sólo nos adherimos a su enseñanza en cuanto esté conforme con la de la Iglesia y del Papa.

Bajo esta tesitura, las conclusiones del Sínodo se reflejaron en los 94 puntos que conformó el documento final, mismos que fueron sometidos a aprobación uno a uno. Demás está decir que en el tema de la homosexualidad se afirma que “no se pueden establecer analogías entre las uniones entre personas homosexuales y el proyecto de Dios sobre matrimonio y familia”. Por su parte, los numerales 84, 85 y 86 referentes a los divorciados vueltos a casar fueron aprobados por los padres sinodales con el número de votos mínimamente exigidos (2/3 +1), y que aunque ninguna frase contradice el dogma o la moral, sí es ambigua en su expresión, sobre todo cuando se afirma que “la conversación con un sacerdote, en el foro interno, contribuye a la formación de un juicio correcto sobre lo que obstaculiza la posibilidad de una participación más plena a la vida de la Iglesia y sobre los pasos que pueden favorecerla y hacerla crecer”.

¿Qué quiere decir esto? ¿Que un sacerdote definirá en conciencia, al oír a los divorciados vueltos a casar, si pueden acceder a la comunión sacramental? ¿Qué significa la posibilidad de una participación más plena en la vida de la Iglesia? No lo dice…pero es ambiguo y no es claro, pues es doctrina de la Iglesia que no hay forma ni manera de que en el caso de los divorciados vueltos a casar puedan comulgar eucarísticamente si no están casados ante la Iglesia, y en su caso, habiendo logrado la anulación canónica de su anterior matrimonio.

Por eso reiteramos lo dicho antes: los obispos, sacerdotes, cardenales y quienes sean pueden ir contra la fe. Pueden caer en herejía, incluso los padres sinodales, pero el Papa, no. Habrá que esperar el documento post sinodal en su caso que emita el Papa, sea Carta Encíclica o Exhortación Apostólica de acuerdo a las recomendaciones de los padres sinodales.

Mientras tanto, las palabras del Papa al término del Sínodo reafirman lo que es la doctrina de la Iglesia en materia de matrimonio y familia:

Mientras seguía los trabajos del Sínodo, me he preguntado: ¿Qué significará para la Iglesia concluir este Sínodo dedicado a la familia?

…Significa haber instado a todos a comprender la importancia de la institución de la familia y del matrimonio entre un hombre y una mujer, fundado sobre la unidad y la indisolubilidad, y apreciarla como la base fundamental de la sociedad y de la vida humana.

El primer deber de la Iglesia no es distribuir condenas o anatemas sino proclamar la misericordia de Dios, de llamar a la conversión y de conducir a todos los hombres a la salvación del Señor” (cf. Jn 12, 44-50).

¿Y qué viene ahora?

Hay muchos que leen y leen profecías y a fuerza de forzados discernimientos yerran, se confunden y lo más grave, confunden a muchos pues no pocos son líderes de opinión. Conozco amigos, compañeros y hermanos en la tribulación tanto de América como de Europa que están dando bandazos y se han quedado sin la Roca, pues afirman que el Papa es el falso; se han vuelto cismáticos y desconozco por dónde querrán encontrar el Camino Verdadero. Digámoslo claramente: Francisco es, en su entrega y diligencia  para enfatizar y llamar a la práctica de la doctrina verdadera, ayuda del Cielo.

Aún está a las puertas la gran prueba para la Iglesia. El tenebroso panorama será peor aún. La confusión irá creciendo…y no falta mucho para que la verdadera Iglesia se separe de la falsa. Pero eso ocurrirá a partir de un cónclave. Y de ahí surgirán dos caminos y cada uno de ellos nombrará a su propio Papa. Y ese día de la elección habrá dos Papas y cada uno –y esto es lo más grave– se proclamará Papa de la Iglesia Católica asentada en Roma. Por lo que entonces habrá dos caminos, uno será el Verdadero que conduce al Padre y el otro, no.

Este panorama será terrible y escandaloso para el mundo católico, lo que hará que muchos fieles huyan del seno de la Iglesia. Y peor la gran confusión que se dará pues no será fácil discernir cuál es el Camino Verdadero, ya que al duplicarse el libro de la Iglesia, ambos Papas seguirán las mismas reglas y la misma Doctrina. De ahí la importancia de que María Santísima sea elevada para que a través de su luz Ella sea proclamada y promulgada como la Madre del Verdadero Camino que conduce al Padre.

Para terminar

El mundo está virtualmente roto y muerto. La violencia, la corrupción, la maldad, la confusión y la muerte penetran todos los ámbitos de la vida del hombre en la tierra. Satanás se erige como cabeza de un mundo infectado de una densa tiniebla de pecado y la humanidad se inclina ante él. El corazón de los hombres sólo genera odios, envidias, celos, traición y horrores perversos que desencadenan guerras, muerte, destrucción, caos, aberraciones, enfermedades, epidemias y destrucción, por lo que la tierra pronto se convertirá en un lugar peligroso para la vida.

Preparémonos física, emocional y espiritualmente, pues grandes catástrofes ocasionadas por desastres naturales están por caer al mundo. Fuego, viento, agua y tierra serán tan aterradoramente violentos que serán desconocidos para los hombres de ciencia, que no atinarán a saber qué sucede en la naturaleza que está más que herida por el pecado.

Orar, oremos; Dios quiere ver y oír nuestra oración, nuestra súplica, nuestro arrepentimiento, el cambio de nuestro corazón, postrados, arrodillados, pues hemos pecado. Todos los hombres nacidos de mujer pecamos, menos la Purísima, la Inmaculada, la Esposa, la Hija y la Madre de Dios, el Ángel Mayor enviado de estos tiempos.

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