Joannes est nomen ejus

Juan fue identificado en los Evangelios como el discípulo amado, el que tuvo la dicha de recostar su cabeza sobre el pecho de nuestro Señor en la Última Cena. Y por alguna razón poderosa Jesucristo lo escogió para ser el instrumento de la Revelación – probablemente – más importante de la Sagrada Escritura, al menos para este tiempo. No olvidemos que de toda la Revelación del Nuevo Testamento, la del Apocalipsis es la única hecha directamente por Jesucristo muerto y resucitado, es decir, glorioso, transfigurado.

Para darnos una idea de esa visión imponente que tuvo Juan de Jesucristo, leamos el texto del Apocalipsis:

Yo, Juan, vuestro hermano
y compañero en la tribulación,
del reino y la paciencia
en Jesús,
estuve en la isla llamada Patmos,
a causa de la palabra de Dios
y del testimonio de Jesús.

Caí en éxtasis un domingo,
y oí detrás de mí
una gran voz, como de trompeta,
que decía:
Escribe en un libro lo que ves
y envíalo a las siete Iglesias:
a Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira,
Sardes, Filadelfia y Laodicea.

Me volví para ver quién me hablaba;
y, al volverme, vi siete candelabros de oro,
y en medio de los candelabros como un Hijo de hombre
vestido de túnica talar
y ceñido el pecho con una banda de oro.
Su cabeza y sus cabellos eran blancos
como lana blanca, como nieve,
sus ojos como llama de fuego,
sus pies semejantes al metal precioso
cuando está en un horno encendido,
y su voz como estruendo de muchas aguas.
En su mano derecha tenía siete estrellas,
de su boca salía una espada cortante
de dos filos,
su rostro era como el sol
cuando brilla en todo su esplendor.

Al verle,
caí a sus pies como muerto.
Él, entonces, puso su mano derecha sobre mí, diciendo:
¡No temas!
Yo soy el primero y el último,
el que vive,
estuve muerto pero ahora estoy vivo
por los siglos de los siglos,
y tengo las llaves de la muerte y del Hades.

Escribe, pues, lo que has visto,
tanto lo que ya es
como lo que va a suceder más tarde.
En cuanto al misterio de las siete estrellas
que has visto en mi mano derecha,
y al de los siete candelabros de oro,
las siete estrellas son los ángeles de las siete Iglesias,
y los siete candelabros son las siete Iglesias.  (I, 9-20)

Juan dibuja una figura sobrehumanamente imponente, “un Hijo de hombre vestido de túnica talar y ceñido el pecho con una banda de oro. Su cabeza y sus cabellos eran blancos como lana blanca, como nieve, sus ojos como llama de fuego, sus pies semejantes al metal precioso cuando está en un horno encendido, y su voz como estruendo de muchas aguas. En su mano derecha tenía siete estrellas, de su boca salía una espada cortante de dos filos, su rostro era como el sol cuando brilla en todo su esplendor”, tanto que a él lo derriba al suelo y que representa el Poder y la Majestad del Hijo del hombre, a cuya autoridad soberana atribuye los mensajes que dirige a las siete Iglesias y que proféticamente son las siete épocas de la Iglesia Universal: “En cuanto al misterio de las siete estrellas que has visto en mi mano derecha,  y al de los siete candelabros de oro, las siete estrellas son los ángeles de las siete Iglesias, y los siete candelabros son las siete Iglesias.”

Además es a Juan a quien el Señor resucitado le dice “Escribe, pues, lo que has visto, tanto lo que ya es como lo que va a suceder más tarde”. El anterior texto reafirma el carácter profético del libro, las cosas que vendrán y que están preanunciadas en las cosas que hay ahora. Y Jesucristo se dirige a Juan con todo el Poder y Majestad: “Yo soy el primero y el último, el que vive, estuve muerto pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del Hades.” Es entonces con estas credenciales divinas, un Tabor permanente, con las que Jesucristo escoge a Juan para anunciar el futuro y encomendarle una misión para estos tiempos, al menos eso es lo que se lee en el texto de la Escritura. En efecto, es en el propio Apocalipsis que un ángel de gran poder le dice a Juan lo siguiente: “Es preciso que de nuevo profetices a los pueblos, a las naciones, a las lenguas y a los reyes” (10, 11). Y por eso San Hilario, San Gregorio Magno, San Ambrosio y San Francisco de Sales creían, como también algunos discípulos de Juan, que éste no habría muerto y que vendría en los tiempos finales para profetizar nuevamente a los hombres y que eso significarían las palabras “es necesario que profetices de nuevo”.

De hecho, parte de este misterio lo des-vela el propio Jesucristo. En efecto, el Señor se refirió a  Juan con las siguientes palabras que le dijo al Apóstol Pedro poco antes de la Ascensión, “Si Yo quiero que éste (Juan) se quede hasta que Yo vuelva, ¿a ti qué?” (Juan 21, 22). Lo cual nos sugiere que este evangelista no ha muerto, y que se ha mantenido escondido en algún lugar de incógnito. Además de lo anterior, varios Padres de la Iglesia han dicho que el Evangelista sí murió en Éfeso, pero que su alma fue llevada al Paraíso y que su cuerpo incorrupto resucitará en la época del Anticristo y se unirá a Elías y a Enoch para predicar el Evangelio y luchar contra el Dragón infernal. Esta es la opinión de San Efrén, San Hilario y San Epifanio.

Lo que sí es claro es que el Discípulo Amado está envuelto en un gran misterio, porque amén de que el Señor lo escogió siempre para los casos solemnes, como fue la Transfiguración en el Monte Tabor, la resurrección de la hija de Jairo y la oración en el Huerto de los Olivos, fue el único de los apóstoles que estuvo presente en la crucifixión de Jesucristo y con la especial circunstancia de que el Señor, poco antes de morir, desde lo alto de la cruz le encomendó la custodia de su Santísima Madre. “Hijo, he ahí a tu madre y Mujer, he ahí a tu hijo” (Juan 19, 26 – 27), lo que nos indica que Juan representó en ese instante a todo el género humano, lo que no es poca cosa. Y luego fue Juan, ni más ni menos, quien se llevó a María Santísima con él a Éfeso después de Pentecostés en el cenáculo.

Juan también es el discípulo que se encuentra representado por el Greco con el cáliz en su mano derecha y de cuyo vaso surge un Ave Fénix, que simboliza el renacer de las cenizas, y que  expresa el cambio y transformación que se va a dar en la humanidad a partir de la Parusía de Cristo, cuyos pormenores y características están místicamente profetizados en el Apocalipsis, lo que convierte a Juan en el representante  especial del género humano en esta hora decisiva de la historia.

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