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"Yo he Rogado por Tí..."

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Hay quienes piensan, al menos así lo muestran con sus escritos y dichos, que el Papa no goza de la Asistencia Divina sino en sólo determinados momentos y casos concretos. Por tanto, fuera de esos casos determinados, o sea, fuera de cuando habla ex cáthedra,[1] el Papa es como cualquier persona, como uno de nosotros y por lo tanto deja de ser Papa y se puede equivocar como cualquiera, incluso puede enseñar herejías. Sin embargo, Jesucristo jamás hizo esta distinción, ni jamás la ha formulado así el Magisterio de la Iglesia de modo alguno. 

Es decir: se afirma que mientras el Papa no hable ex cáthedra – al menos como persona privada – puede caer en herejía, y, por tanto, dicen algunos, el Papa cesa automáticamente de ser Papa.

Comenzamos diciendo que la Doctrina de la Iglesia deja en claro que Pedro no es solamente un sucesor de Cristo, sino que es una sola cabeza y un solo fundamento de la Iglesia con el mismo Cristo, y que cada uno de los Papas no ha sido un simple sucesor de Pedro, sino que cada uno ha sido y seguirá siendo hasta el fin de la Historia, el mismo Pedro – si bien no física, pero sí moralmente – de modo que, como el propio Pedro, ninguno puede desviarse ni desviarnos de la recta fe católica. Es así como tienen sentido las palabras de Jesucristo:

Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la Tierra quedará atado en los cielos; y lo que desates en la Tierra quedará desatado en los cielos” (Mt. XVI, 18–19).

Así lo creyó siempre la Iglesia y lo definió como dogma el Concilio Vaticano I.

Ahora bien, hay quienes se refieren al Papa en muchos momentos de su pontificado como una mera “persona privada” que puede cometer errores y principalmente puede decir herejías. Digamos que la expresión “persona privada” relativa al Papa nace hasta mediados del siglo XV; en el mismo siglo se convierte en “hombre privado”; y más adelante la expresión moderna que se utiliza es la de “doctor privado”.

 

Es Pedro en todo momento

No obstante, la realidad es que el Papa ejerce el primado de manera constante ya sea de forma extraordinaria, o sea ex cáthedra, o de manera ordinaria, sin necesidad de definir dogmas. El gobierno – que incluye el Magisterio – lo ejerce todos los días y siempre es el Papa y cabeza de la Iglesia y es Pedro en todo momento, aunque nunca hablara ex cáthedra en su vida de Sumo Pontífice (Jn. XXI, 15–17).

Es así como tiene cumplimiento la gran promesa del Espíritu Santo por boca del Profeta Isaías (XLVIII, 21): “Hirió la roca y corrieron las aguas”. Y luego la especial promesa de Cristo a su Vicario: “Yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca” (Lc. XXII, 32).

Para reforzar esta tesis, la Iglesia Católica siempre ha sabido y enseñado con certeza que hay una identidad de orden sobrenatural absoluta – de poderes divinos – entre el Papa, quienquiera que sea, y Pedro.

Por tanto, dice Orígenes[2] en su comentario a San Mateo (XII – XIV) que la promesa que Cristo le hizo a Pedro – tibi dabo claves regni cœlorum – es “para cualquiera que sea Pedro”, ya sea San Pío X o el Papa Borgia Alejandro VI. Análogamente se aplicaría el mismo caso cuando el sacerdote pronuncia en la consagración las mismas palabras como si fuera el mismo Cristo. O más aún, por qué el sacerdote absuelve los pecados arrogándose un poder que sólo Dios posee, diciendo ego te absolvo… es decir, “yo te absuelvo”. ¿Por qué lo puede hacer si no es Dios? Y la Iglesia responde diciendo que es por el poder que Cristo le dio a Pedro, y que de Pedro reciben los obispos (Pío XII, Mystici Corporis Christi núm. 36), poder que éstos a su vez delegan en los presbíteros.

Una la Cabeza y electa siempre por Dios

 

Siempre ha enseñado la Iglesia que Ella está edificada sobre uno solo: “super unum aedificat (dominus) ecclesiam” (Orígenes, Unit, IV).[3] Sobre un apóstol único dice Santo Tomás: “Es indispensable que en todo el pueblo cristiano sea Una la cabeza de toda la Iglesia” (Suma contra Gentiles, L IV, Cap. LXXVI)[4]. “Una grex et unus pastor” “Un Solo Rebaño y un Solo Pastor” (Jn. X, 16). 

Y, ¿dónde está ahora ese pastor único, puesto que Pedro ya murió? Pues está prometido por Cristo en todos y cada uno de los Pedros, pues, así como la Iglesia es visible y con una vida ya de veinte siglos, este pastor debe ser visible y con los mismos poderes de Pedro, o sea, de Cristo. Así lo dice San Ambrosio “Donde está Pedro ahí está la Iglesia:  ubi Petrus ibi ecclesia” (sobre el Salmo V, 30).

Además, el Papa siempre es electo por Dios, pues si no fuera así, el Papa sólo lo sería de nombre, pero no sería Pedro, y fallaría la promesa de Jesucristo: “… y sobre esta roca edificaré mi Iglesia”.

Por lo cual mientras exista la Iglesia, su fundamento único será siempre Pedro, el sucesor de Pedro, dos expresiones que quieren decir exactamente lo mismo, pues de lo contrario Cristo nos engañaría.

Ha de excluirse también el presuntuoso error de algunos que intentan sustraerse a la obediencia y sujeción a Pedro, no reconociendo a su sucesor, el Romano Pontífice, por pastor de la Iglesia Universal, pues esto contraviene el poder que le dio Cristo a Pedro antes de la ascensión: “Apacienta a mis ovejas” (Jn. XXI, 17); y antes de la Pasión: “Tú una vez convertido, confirma a tus hermanos” (Lc. XXII, 32); pues a él sólo prometió: “Te daré las llaves del Reino de los Cielos” (Mt. XVI, 19) para demostrar que la potestad de las llaves había de derivarse por él a otros, para conservar la unidad de la Iglesia. Y no se puede afirmar que, aunque haya dado a Pedro esta dignidad no se deriva por él a otros, pues Cristo mismo instituyó la Iglesia de tal manera que iba a durar hasta el fin del mundo, pues Él mismo dijo: “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación del mundo” (Mt. XXVIII, 20).

Es importante enfatizar que, por ser de Derecho Divino, como lo afirma el Concilio Vaticano I (Denzinger 1825)[5], que Pedro tenga perpetuos sucesores en el Primado sobre la Iglesia Universal, lógicamente es también divina la elección de esos sucesores, de modo que sus electores, aunque tengan sus propios planes, no son sino instrumentos del Espíritu Santo[6], de lo contrario los electos no serían sucesores de Pedro, no serían Pedro. Lo son porque como a Pedro, los elige Dios. Simón se convierte en Pedro – en la roca – únicamente por ser electo por Cristo.

Por eso los identifica el Concilio Vaticano I con Pedro, Pedro es cada uno de ellos, puesto que Pedro es el principio perpetuo tanto de la unidad de fe como de la unidad sacramental.

Más aún, quien ve al Papa debe ver a Cristo mismo, porque el Papa y Cristo son una sola cabeza, descartando que la santidad personal no es el requisito ni la esencia de la divina autoridad en la Iglesia militante.

Por eso no se puede aceptar tampoco la tesis de aquellos que quieren distinguir a Cristo como “cabeza esencial” y el Papa como cabeza simplemente “ministerial”. Pues Cristo quiso que Pedro – y todos sus sucesores – fueran cabeza esencial de la Iglesia juntamente con él.

Con todo lo dicho, adquieren toda su fuerza e importancia las palabras del Papa Pío XII cuando afirmaba que cometen un

peligroso error aquellos que piensan poder abrazar a Cristo cabeza de la Iglesia, sin adherirse fielmente a su Vicario en la Tierra. Porque quitando esta cabeza visible, y rompiendo los vínculos sensibles de la unidad, oscurecen y deforman el cuerpo místico del Redentor, de tal manera que los que andan en busca del puerto de salvación no pueden verlo ni encontrarlo” (Mystici Corporis Christi núm. 53).

No es pues cosa menor desconocer al Papa, pues se hiere a Cristo mismo y a su cuerpo místico, pues tal unidad entre el Cuerpo y la Cabeza es “un principio no de orden natural sino sobrenatural” (Mystici Corporis 29 de junio de 1943 de Pio XII; núm 53).

De la elección de los sucesores de Pedro 

El modo de elección de los sucesores de Pedro no lo dejó Cristo al arbitrio de la Iglesia en general, sino que el determinarlo es una de las potestades del Papa; cada Papa tiene el derecho de ordenar y de establecer cómo se ha de elegir al siguiente Papa. Por tanto, tiene también el mismo derecho de aceptar las condiciones que le impongan las circunstancias. Pero en todo caso es Cristo mismo el que elige a cada Papa valiéndose de los electores humanos.

Esto es dogma de fe. Consta en Juan XV, 16: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros”, palabras que la Iglesia siempre ha aplicado a la elección de los obispos, y aún de los sacerdotes, y con principal razón al Papa, quien es según el Concilio Vaticano I, el verdadero Vicario de Cristo, es decir, no vicario de la Iglesia sino el lugarteniente del propio Jesucristo.

Hay quienes piensan que algunos Papas han sido electos al azar, particularmente aquellos que han sido moralmente perniciosos. Pero si al mismo Judas, Cristo lo eligió, y Judas lo traicionó; más aún, al sucesor de Judas, Matías, también lo eligió Cristo mediante las suertes que recurrieron los apóstoles como se confirma en Hechos:

Tú, Señor, que conoces los corazones de todos – dicen los apóstoles – muéstranos cuál de estos dos (José y Matías) has elegido para ocupar en el ministerio del apostolado el puesto del que Judas desertó para irse a donde le correspondía” (I, 24–25).

Por tanto, si a Judas lo eligió Cristo y al sucesor de Judas también, ¿no va a elegir Él mismo a cada Papa, que es Pedro, puesto que su Iglesia está fundada sobre él hasta la consumación de los siglos?

Hemos dicho que, en cuanto al modo de elegir al Sumo Pontífice, lo que un Papa disponga puede reformarlo cualquiera de sus sucesores. Es así que la elección pontificia está regida por una “constitución” que es la que ha dejado vigente el Papa inmediato anterior, y cierto es que ninguna elección pontificia puede hacerse al arbitrio de los electores.

Sin embargo, ninguna de las constituciones anteriores ni la actual vigente emitida por Juan Pablo II, prohíbe que un cardenal o varios cardenales hablen o maniobren a favor de otro dentro de un cónclave para ser electo Papa. Es normal que existan sugerencias, consensos a favor de tal o cual candidato que debiera ser votado para ser Papa. De tal forma que lo que no está prohibido está permitido.

Para que alguien sea elegido Papa válidamente, podemos decir de manera general; primero, que tiene que ser elegido por los cardenales electores con la mayoría exigida; segundo; que el elegido sea obispo, por lo que en caso de que no lo fuere tendría que ser consagrado obispo; y, en tercer lugar, que el elegido acepte libremente el nombramiento.

Algunos comentaristas añaden que el candidato al papado debe ser un varón adulto. Pero esos requisitos están incluidos en la condición de que debe ser ordenado obispo (antes o después de su elección). Sólo hombres adultos pueden ser ordenados al grado episcopal.

Los tres factores necesarios para una elección Papal válida son explicados por el Papa San Juan Pablo II en la Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis:

Siendo verdad que es doctrina de fe que la potestad del Sumo Pontífice deriva directamente de Cristo, de quien es Vicario en la tierra [7] está también fuera de toda duda que este poder supremo en la Iglesia le viene atribuido, «mediante la elección legítima por él aceptada juntamente con la consagración episcopal”.[8]

Mientras existan estas tres condiciones será legítima la elección de un Papa. Y si alguno de los presentes considerara que ese candidato electo ha sido impuesto fraudulentamente o violando las normas establecidas, es ahí mismo en el cónclave en que públicamente habría de oponerse a ello, y no después, en que todos los cardenales, obispos y sacerdotes y todo el pueblo fiel que integra la Iglesia han aceptado al Papa como el verdadero sucesor de Pedro, pues existe un principio jurídico y es de doctrina canónica constante que la "pacifica universalis ecclesiae adhaesio" (el reconocimiento unánime de toda la Iglesia) es signo y efecto infalible de una elección válida y de un papado legítimo. Y de ninguna manera puede ser puesta en duda la adhesión al Papa por parte del pueblo de Dios.

Lo que hace que una elección sea válida, como hemos dicho, es que los cardenales se reúnan y voten.

El Papa San Juan Pablo II, en el documento Universi Dominici Gregis, cambió las reglas para que una simple mayoría fuera suficiente, si luego de un cierto número de días – 12 – ningún candidato recibía una mayoría de dos tercios. El Papa Benedicto XVI cambió esta regla nuevamente a la mayoría de dos tercios más uno, sin excepción.

Ahora bien, ¿es posible que un Papa válido se vuelva inválido por algún pecado? No, no es posible. Todos los Papas, con sus más y sus menos son pecadores. Pero la validez de su oficio no depende de su santidad personal. Un Papa pecador sigue siendo un Papa válido. Y ningún Papa válido, tan santo o pecador que pueda ser, puede alguna vez convertirse en Papa inválido por ninguna razón.

La validez del papado es completamente independiente de sus propias expectativas, preferencias, esperanzas y deseos. Es independiente de lo que uno quisiera que el Papa diga, haga o disponga.

No importa cuántos errores piense uno que el Papa ha cometido, él siempre será un Papa electo válidamente.

Insisto, a fuerza de ser repetitivo, la validez del papado es independiente de la sabiduría, santidad, prudencia, piedad, escolaridad, y otras cualidades que tenga el Papa. Puede alguien encontrarse en desacuerdo con uno u otro Papa en muchos puntos, pero en ningún caso tal desacuerdo constituye un reclamo legítimo en contra de la validez de su papado.

Por otro lado, la ceremonia para la inauguración del Romano Pontífice es tradicional y debe observarse. Pero no es requisito para su validez. En efecto, la ceremonia solía incluir una coronación. El último en ser coronado con la tiara papal fue el Beato Paulo VI. Desde entonces, cada uno de sus sucesores optó por omitir este ritual.

Lo mismo puede decirse de los Sacramentos. Las variaciones en la forma o palabras no le restan validez, siempre que estos cambios – tan imprudentes o ilícitos como puedan ser – no le resten ninguno de los elementos esenciales. Por analogía, la elección del Romano Pontífice, incluso si una multitud de problemas se presentaran para que la elección varíe de la forma requerida por la letra de la ley, puede ser aún una elección válida para ser Papa. La perfección absoluta en seguir la ley a la letra y la forma para la elección no son necesariamente requeridas para la validez, salvo lo que hemos apuntado que es esencial en la elección de todo Sumo Pontífice.

Si cualquier cambio mínimo en la forma o mínima desviación de las reglas para elegir a un Papa trajeran como resultado que un Papa fuera inválido, no podríamos estar cien por ciento seguros de que algún Papa fue válidamente electo.

Todos los artículos de este sitio pueden ser reproducidos, siempre y cuando se cite al autor, Luis Eduardo López Padilla, y la página donde fue originalmente publicado, www.apocalipsismariano.com

 

[1] Cuando en el ejercicio de su oficio de Pastor y Maestro de todos los cristianos, en virtud de su Suprema Autoridad Apostólica, el Papa define una doctrina de fe o costumbres que debe ser sostenida por toda la Iglesia, y posee, por la Asistencia Divina que le fue prometida en el bienaventurado Pedro, aquella Infalibilidad de la que el divino Redentor quiso que gozara su Iglesia en la definición de la doctrina de fe y costumbres. Por esto, dichas definiciones del Romano Pontífice son en sí mismas, y no por el consentimiento de la Iglesia, irreformables.

[2] Fue un importante escritor eclesiástico de principios del Siglo III y Padre de la Iglesia Oriental primitiva. Fue el mayor maestro de la doctrina cristiana en su época y ejerció una extraordinaria influencia como intérprete de la Biblia.  

[3] Citado por Salvador Abascal. “El Papa nunca ha sido ni será Hereje”. Ed Tradición.  México, 1970. P.46.

[4] Traducción castellana de la edición del Club de Lectores de la Argentina, T. IV P.261.

[5] Heinrich Joseph Dominicus Denzinger fue un teólogo católico alemán y el autor del Enchiridion symbolorum, definitionum et declarationum de rebus fidei et morum (Manual de los símbolos, definiciones y declaraciones en materia de fe y moral) conocido simplemente como "Denzinger" o el "Magisterio de la Iglesia.

[6] “Instrumentos animados”, dice Santo Tomás de Aquino.

[7] Cf. Conc. Ecum. Vat. I, Const. Dogm. Pastor aeternus, sobre la Iglesia de Cristo, III; Conc. Ecum. Vat. II, Const. Lumen Gentium, sobre la Iglesia, 18.

[8] Código de Derecho Canónico, can. 332 1; cf. Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, can. 44 1. 

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