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José Antonio López Padilla

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"Antes de llegar a este último fin, el hombre vive en la tierra. Y esta vida, aunque transitoria, tiene su finalidad específica y particular. Más todavía: la vida terrenal comprende una forma especial, le vida en común, en unión de otros la convivencia, que también tiene su objetivo propio, su fin especial, determinado, único". Isaac Guzmán Valdivia

Recuerdo perfectamente, en 2007, el día en que conocí mi aceptación a la Escuela y mi primer salón: 1º "C". Miles de mitos y realidades acompañaban a la asignación de salón y a la Escuela misma. Siempre me inquietó que, en la Libre, se cursaban solamente unas cuantas de esas materias que soberbia y descaradamente llaman "auxiliares al Derecho", como si fueran ajenas al Derecho, o el Derecho pudiera serlo sin ellas.

José Antonio López Padilla nos daría el curso Sociología. Me acuerdo perfecto. Lunes, miércoles y viernes de ocho a nueve de la mañana. Con la imprudencia que da la pubertad preuniversitaria, sin siquiera conocerle, en la primera clase le sugerimos cambiar el horario y lograr tener los lunes sin clases por las mañanas. Inmediatamente accedió. Nos dijo que no tenía ningún problema, siempre que a nosotros nos ayudara a estudiar mejor. "Que no sepan nada allá abajo; ellos son más complicados". Él no guardaba, ni exigía, las formas porque sí; se ganaba el respeto con su cátedra. Desde un inicio dejó claro que su curso no era uno de esos "auxiliares". Ubi societas, ubi ius. Sin sociedad, ¿dónde el Derecho?

López Padilla sabía enseñar, al alimón, la importancia de la Filosofía de lo social junto con la Sociología apreciada desde su positividad. De las tres horas semanales, dedicaba dos de ellas para enseñarnos la perspectiva escolástica de la Sociología a través de las causas aristotélicas, con "El conocimiento de lo social" de su maestro Guzmán Valdivia y apoyado en el gran Jacques Maritain, mientras que su adjunto para ese año, Fernando Villaseñor, nos introduciría a la "Sociología fundamental" de Norbert Elías.

Mi maestro solía ser muy directo y franco. No pensaba dos veces cuando debía gritar algún concepto, que no por enojo, sino por trascendente. Una mañana, mientras nos explicaba el objeto y fin de la voluntad e inteligencia humanas, alzó la pregunta – siempre retadoras – sobre la diferencia entre nosotros y los animales. En nuestra incapacidad de distinguir la inteligencia humana – libre – y la animal, puso el ejemplo de un chango. En el momento que uno de mis compañeros sugirió equivalencia de inteligencias, y, por lo tanto, de libertades, así como de responsabilidades, gritó: "y entonces qué, ¿¡Juicio político al pinche chango!?". Hacía muy fácil doblarse de risa con su modo apasionado de enseñar. Afuera de su examen, en la temporada de lluvias, los alumnos de los salones vecinos se extrañaban escuchando largas carcajadas entre él, sus sinodales y el alumno en turno. La sabía pasar muy bien en su vocación de maestro.

Otro día nos preguntó quiénes del salón iríamos a la comida de la Libre (para un alumno de primer año significaba todo un evento de introducción a esa vida libreña tan particular). Algunos de mis compañeros le contaron no tener los recursos para pagar el boleto. En ese momento – molesto – sin preguntarnos, ordenó que le diéramos una lista de quienes estuvieran en ese caso y él les invitaría la comida. "Ningún alumno de 1º C puede quedarse sin ir", nos dijo seriamente. Más de una vez nos confesó el cariño que le tenía "al C", adquirido con los años, al mismo tiempo que predicaba la Filosofía de lo social con el ejemplo: citando a su maestro Guzmán Valdivia, "los actos de convivencia racional, y dentro de ellos los que nosotros llamamos con propiedad actos sociales, son ejecutados con vista a un bien sui-géneris que se conoce con el nombre de Bien Común". Conocía perfectamente la importancia de fomentar la convivencia y amistad entre nuestros compañeros. En alguna ocasión, incluso, nos llegó a afirmar "ustedes se harán muy amigos, ya verán; en esta Escuela es una cuestión de necesidad". Cuánta razón tuvo.

Fiel a su convicción de la necesidad de fomentar la convivencia entre alumnos, hizo obligatoria la asistencia a una última clase en su despacho, en la calle de Leonardo Da Vinci, un sábado, seguida de una taquiza.

No se detenía a dudar los conceptos que había ya masticado durante años de clases alrededor de la Filosofía social. Era el antagonismo de la posmodernidad y sus matices; enseñaba su materia sin lugar a titubeos. Tenía certezas firmes y nada le impedía mostrarlas. Nuestra generación, al contrario, tendía a ser muy escéptica. Sobraban dudas y extrañamientos ante las afirmaciones y enseñanzas de la Filosofía social. Ante esa dialéctica sana que vivimos durante el año escolar, como buen orador que era, en una de sus últimas clases nos leyó un discurso de fin de curso y nos apodó "los cartesianos... porque nunca dejaron de dudar", reconociendo estar satisfecho con sus estudiantes inquietos por seguir conociendo lo social.

Su cariño por la Escuela era evidente. Tenía clarísimo que la causa final de la sociedad es el bien común; y, la del hombre, la beatitud en el sentido de la trascendencia y el encuentro con el Ser Supremo. A la primera, el Bien Común, nos la ejemplificaba con la Escuela. "¿Quieren un ejemplo de Bien Común? Vean a la Escuela. Forma abogados y pide recursos mínimos a cambio; muchos de sus egresados encuentran el éxito al pasar por ella, y abonan al éxito de la sociedad", nos dijo. A la segunda, la trascendencia como causa final del hombre, qué mejor ejemplo que el que mi maestro la haya alcanzado ayer por la mañana. Descanse en paz

JUAN PEDRO FERNANDEZ

Alumno del curso 2007-2008 del grupo 1C de la materia de Sociología de la Escuela Libre de Derecho.

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