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Una Nueva Estirpe

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El Plan Divino para la humanidad debe cumplirse en el momento señalado por Dios dentro de la Historia del hombre. Las consecuencias materiales y espirituales de la caída original de nuestros Primeros Padres NO HAN SIDO AÚN RESTITUIDAS EN SU TOTALIDAD. La Redención hecha por Nuestro Señor Jesucristo en la cruz completó la primera parte de ese plan, pero todavía ESTÁ PENDIENTE LA SEGUNDA Y MÁS IMPORTANTE FASE, y eso se va a cumplimentar en la ya próxima PARUSÍA del Señor conforme las profecías anunciadas.

En efecto, San Pablo enseña claramente que IGUAL QUE EL HOMBRE, la naturaleza está “caída”. Es decir, no está en su debido ser, sino en una situación de violencia, digamos que en situación “antinatural”. No es la “natura” en su estado primero, sino la “NATURA LAESA”; natura herida, es decir, “NATURALEZA”.

Esta realidad de la “creación entera”, afectada penosamente por el pecado del hombre, es la que denuncia San Pablo al decir que “…la creación desea vivamente LA REVELACIÓN DE LOS HIJOS DE DIOS. La creación en efecto fue sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquél que la sometió en la esperanza de ser LIBERADA DE LA SERVIDUMBRE DE LA CORRUPCIÓN... pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto” (Rom. 8, 18 – 22).

¿Y qué significa la REVELACIÓN DE LOS HIJOS DE DIOS? Eso precisamente es la NUEVA ESTIRPE. Pudiéramos decir entonces que la Nueva Estirpe hace referencia a un nuevo ser, a un nuevo hombre, pero totalmente distinto, esencialmente diverso a lo que hasta ahora se ha conocido como un cristiano común. No se trata de formar un cristiano más comprometido, más entregado, con más fe y que rece más. No es un asunto de cantidad sino de CALIDAD, pero el sujeto de la Nueva Estirpe es el hombre caído.

La Restitución del Hombre

Este es uno de los puntos más trascendentales de los misterios del Reino; este proceso de restitución del hombre ayudará a entender mejor lo que se explica en el Apocalipsis y otros textos coincidentes de San Pablo en los que se refiere a la “TRANSFORMACIÓN DE NUESTRO SER”.

Recordemos que todas las cosas y todos los seres han sido creados con motivo de una criatura, EL HOMBRE, como centro de la creación, constituido por Dios como rey y sacerdote de la creación, destinatario y heredero de todo (Génesis 1, 26 – 28). Al mismo tiempo, el hombre ha sido creado por razón de Cristo y en Cristo. Así lo dice San Pablo en Corintios: “Todo es vuestro, más vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios” (I 3, 22 – 23). Es decir, “en Él nos ha elegido antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e inmaculados ante Él en su Amor” (Efesios 1, 3 – 5)

Ahora bien, antes de la caída dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra Imagen y Semejanza...  creó Dios, pues, al ser humano a su Imagen; a Imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó” (Génesis 1, 26 – 27).

Dice el Génesis que Dios dijo HAGAMOS, en plural, ya que tres son las obras de Dios AD EXTRA, es decir, fuera de su propio Ser Divino. Son obras comunitarias de la Santísima Trinidad, pero cada obra tiene como protagonista a una de las Tres Divinas Personas: así al Padre le corresponde la Creación, al Hijo la Redención y al Espíritu Santo la Santificación. 

Entonces dice el texto: “Hagamos al hombre a nuestra Imagen y Semejanza”. Esto quiere decir que Dios creó al hombre en el Paraíso como un SER TRINO A IMAGEN DE LA TRINIDAD DIVINA, es decir, el Alma como reflejo de Dios Padre; el Entendimiento como expresión del Espíritu Santo y el Cuerpo como imagen de Jesucristo. Y este hombre trino creado por Dios en el Paraíso fue rodeado de toda clase de DONES NATURALES, PRETERNATURALES Y SOBRENATURALES.

Respecto a los PRETERNATURALES, Dios le confirió a los Primeros Padres del Paraíso Terrenal el DON DE LA CIENCIA, es decir, un gran y elevado número de conocimientos; el de la INTEGRIDAD, consistente en el orden perfecto de toda su naturaleza. Un tercer don fue el de la INMUNIDAD de su cuerpo, por el que no estaban sometidos al dolor. Y finalmente el DON DE LA INMORTALIDAD que le permitía al hombre, después de vivir en el Paraíso Terrenal, trasladarse al paraíso celestial SIN PASAR POR LA MUERTE, ya que fue CREADO PARA NO MORIR.

Estas cualidades del hombre del Paraíso creado a Imagen y Semejanza de Dios se perdieron por el pecado, lo que trajo como consecuencias que el hombre perdiera la posibilidad de ir al cielo, así como toda Imagen y Semejanza divina. El pecado le trajo al hombre su muerte espiritual y corporal. Es entonces a partir de la Primera Venida de Cristo a la tierra en que empieza a desarrollarse el proceso de restitución del hombre. Así, en primer lugar, Jesucristo con Su Pasión redentora nos liberó de la muerte espiritual para que así pudiéramos tener abiertas las puertas del Cielo

No obstante, los EFECTOS MATERIALES del pecado, es decir, la muerte corporal – con todo lo que ello significa – AÚN PERMANECEN EN EL HOMBRE DE HOY. Pero dice Jesucristo “Cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación” (Lucas 21, 28). La liberación que aún está pendiente por otorgársele al hombre es aquella “de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Rom. 8, 21). La corrupción es una servidumbre y es parte de nuestra esclavitud hacia el demonio; pero la Parusía nos acerca “al rescate de nuestro cuerpo”, y así, “nosotros, que poseemos las primicias del espíritu (pero no su completo desarrollo), nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo” (Rom. 8, 22 – 23). Es decir, la restitución del hombre implica una poderosa renovación del Espíritu Santo para que “este ser corruptible se revista de incorruptibilidad; y que este ser mortal se revista de inmortalidad” (I Cor 15, 53), pues tal y como dice el Apóstol Juan: “Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. (I  3, 2).

María Santísima Formadora

Ahora bien, por encargo de Su Hijo y por decreto del Padre, María Santísima viene a establecer las bases para que este ser que está manchado por el pecado, por un proceso de transformación, logre cambiar su esencia, sin perder su humanidad. De la misma forma que el gusano se convierte en crisálida para que un día vuele como mariposa, María va a formar un nuevo ser, quien será el MORADOR DEL REINO DE CRISTO EN LA TIERRA, formando una Nueva Comunidad. Ser que habrá logrado alcanzar la PLENITUD, restituyéndose en su ser trino, RECUPERANDO TODOS LOS DONES QUE SE PERDIERON POR EL PECADO ORIGINAL Y AÚN MÁS HASTA LA PLENITUD TOTAL, y que junto con otros hombres formarán un cuerpo místico nuevo, una Nueva Comunidad, el Cuerpo Místico de Cristo. Un reino de armonía perfecta donde el director es Cristo Nuestro Señor; el compositor de la obra es Dios Padre; los músicos somos nosotros y María Santísima la primera que ejecutó la obra. La sociedad que Dios quiere es el Cuerpo Místico con un Rey que es Cristo y Él es quien toca la obra perfecta y todos la interpretamos dentro de la ejecución de un mismo ritmo de santidad y perfección.

Esto es un proceso largo, pues Dios no obra a corto plazo. Ahora estamos en la formación de la semilla, que, si es digna de tal privilegio, por su entrega absoluta al proyecto de María, se convertirá en “padre espiritual” de las futuras generaciones que poblarán la tierra. Digamos, que ahora van naciendo los retoños…

Así pues, la Nueva Estirpe son los que conformarán una Nueva Comunidad, como herederos y merecedores del Reino de Cristo en la tierra, y de los cuales hace mención con toda claridad la Sagrada Escritura. Es así como Cristo explica el Reino: “¿A qué es semejante el Reino de Dios? ¿A qué lo compararé? Es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo puso en su jardín, y creció hasta hacerse árbol, y las aves del cielo anidaron en sus ramas” (Lc.13,19). Así pues, esta comparación explica el gran crecimiento de algo que empieza pequeño. Hay una transformación de los accidentes, pero no se modifica la sustancia, puesto que en la semilla estaba potencialmente el árbol, pero el árbol en nada se parece a la semilla, es otra cosa distinta, pero sin dejar de ser lo mismo.

La Nueva Estirpe no es algo que se agranda, sino que se transforma. Del yo egoísta, María sacará el ser restituido, pleno y perfecto. De tal suerte que el hombre caído es el mismo hombre en su trinidad, pero DIVERSAMENTE DISTINTO al ser trino transformado, que sumará toda su fuerza natural al límite (lo supernatural) a toda su fuerza más allá de lo natural (lo sobrenatural) para dar como resultado un ser SUPRANATURAL, que es lo SUBLIME DE LO HUMANO MÁS LO SUBLIME DE LO DIVINO, a Imagen y Semejanza de la Divinidad. Ya no este hombre o aquél, sino Cristo mismo que vive en Él, como dice Pablo: “Y ya no vivo yo, sino es Cristo que vive en mí” (Gal. 2,20).

La Unidad del Ser: el Tú y Yo

La Nueva Estirpe está conformada por seres que logran la Unidad Perfecta de su ser trino, para que entonces puedan también ser UNO con los demás, y por vía de consecuencia UNO con Dios. No es una unidad de confusión, sino que se mantiene la alteridad, el TÚ Y YO. La “hortensia sagrada” de Dios sólo se forma a través del Tú y Yo. Para mejor comprensión tenemos las cuentas del santo rosario que, una a una, conforman todo el sacramental del rosario. Dios en su esencia expresa su Unidad en su Ser Uno y Trino, por eso dijo a Moisés: “Yo Soy el que Soy”, porque Él es la Unidad y la Totalidad. Así pues, la Nueva Estirpe deberá ser UNA para que DIOS SEA TODO EN TODOS, y Él en ti y en mí. Esta unidad es tan poderosa en la culminación del Tú y Yo que es equivalente a la explosión de la creación del universo. Esta relación de Tú y Yo logra la unidad que hace que ya no seamos Tú y Yo sino Uno, tal como Cristo nuestro Señor le pide a su Padre en su Oración Sacerdotal “… para que todos sean uno, como Tú, Padre, en Mí y Yo en Ti, para que también ellos sean uno en Nosotros” (Jn.17, 21). EL TÚ Y YO ES DEJAR DE SER LO SINGULAR PARA FORMAR LA PLURALIDAD DE LA TOTALIDAD EN DIOS Y SU CREACIÓN.

En suma, la Nueva Estirpe tomará como prototipo las gracias acumuladas y los conceptos adquiridos, los conocimientos, las experiencias; los carismas y las gracias necesarias de todos los hombres que han buscado la transformación, pues Dios ha determinado que debe tener una comunidad sobrenatural en la sociedad. La Nueva Estirpe es el Reino de Cristo y lo va a establecer en la tierra: la Nueva Estirpe es la aplicación de esos carismas adquiridos a través de todos los tiempos en una cooperación mutua entre Dios y los hombres, aplicados hoy a unos hombres para que tomando la ventaja de la vida de Cristo y de la gracia de Dios y de su Iglesia se establezca una Nueva Comunidad. Desde el punto de vista sobrenatural Nueva Estirpe será el conjunto de hombres y mujeres ya restituidos y plenos; pero visto en prospectiva, todo aquel hombre y mujer que trabaje para ese propósito; que lleve en su ser el espíritu de la restitución, el “espíritu de Elías,” aunque muera en el proceso será considerado por Dios y María Santísima, para efectos prácticos, Nueva Estirpe. Dicho en otras palabras, este proceso ayudará al crecimiento espiritual de la raza humana para que sea propicio, para que sea posible y se haga fácil y muchos otros logren la Plenitud en el futuro. Pero ya la escalera estará ahí.

San Luis María Grignion de Monfort

 Este plan ha sido revelado por Dios desde hace tiempo. Uno de los que desarrollaron esta inspiración de cómo se formarían grandes santos al final de los tiempos fue San Luis María Grignion de Monfort. De sus obras se desprende con claridad la misión de la Virgen en estos tiempos a través de estos apóstoles.

Dice San Luis María Grignion de Monfort: “María ha producido, junto con el Espíritu Santo, la cosa más grande que ha existido y existirá jamás (…): un Dios hombre. Y Ella producirá consecuentemente las cosas mayores que se darán en los últimos tiempos: la formación y la educación de grandes santos que existirán hasta el fin del mundo” (No. 35. Obras Completas. BAC. Madrid, España. 1984).

Más adelante dice el santo Luis María: “… porque el Altísimo y su santa Madre formarán grandes santos para sí, que sobrepasarán a la mayoría de los otros santos en santidad, como los cedros del Líbano sobrepasan a los pequeños arbustos … a través de su palabra y su ejemplo atraerán a todo el mundo a la verdadera devoción a María...” (No. 54. Ídem).

Resulta de trascendental importancia cómo el Santo Luis María profetiza que la Virgen formará santos de tan gran santidad que sobrepasarán a la mayoría de los otros santos que ha habido, como los cedros del Líbano sobrepasan a los arbustos. Es decir, santos mucho mayores que los Francisco Javier, Ignacio de Loyola, Juan de la Cruz, Francisco de Asís, Domingo de Guzmán, Teresa de Jesús, etc. Es entonces claro que se refiere a apóstoles que alcanzarán la PLENITUD, la PERFECCIÓN DE VIDA EN LA TIERRA. 

Será pues María Santísima la que los guiará a esta Nueva Estirpe, y todos ellos formarán parte de la Nueva Jerusalén que no es sino la Santísima Virgen María, pues en Ella está Dios, porque Ella es el modelo de la futura humanidad restituida según el plan original de Dios, porque Ella es el Templo mismo de Dios, donde habitó siempre, donde mora el Espíritu Santo, del cual ha brotado la vida. Porque en Ella se encuentra la Trinidad Eterna pues Ella es Hija, Madre y Esposa de Dios.

Todos los artículos de este sitio pueden ser reproducidos, siempre y cuando se cite al autor, Luis Eduardo López Padilla, y la página donde fue originalmente publicado, www.apocalipsismariano.com

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