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Catástrofe

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La tragedia ocurrida en Haití lamentablemente nos recuerda que grandes sufrimientos les esperan a los pobladores de la tierra, tal y como lo ha venido repitiendo la Santísima Virgen.

En efecto, la catástrofe del terremoto es de dimensiones insospechadas. Decenas de miles de muertos arrojan las primeras estimaciones sin precisar realmente el incalculable número de fallecidos, así como los casi 3 millones de damnificados.  Pero no sería extraño hablar de más de 200,000 mil muertos y otros tantos heridos.

En el país más pobre de América se estima que 7 de cada 10 construcciones se vinieron al suelo. Todo se cayó: escuelas, hospitales, supermercados, oficinas de servicios públicos, incluido el Palacio de Gobierno y la Catedral, donde murió lamentablemente el Arzobispo de Puerto Príncipe. La visión dantesca no puede ser peor: los cadáveres llevan casi 72 horas y están tirados por todas las calles sin que puedan ser recogidos y menos enterrados, sin contar a los muertos que están aún bajo los escombros y seguramente no menos de cientos o miles de vivos que esperan ayuda para ser rescatados, que difícilmente llega pues no hay servicios administrativos, ni de gobierno, ni de orden, ni combustible, ni policías, ni rescatistas ni apoyo de ninguna especie para hacer llegar esa ayuda tanto humana como de primeros auxilios, alimentos,  ropa y servicios de necesidades básicas en un lugar donde no hay electricidad, ni teléfono, ni agua.

Virtualmente es el fin de Haití como nación y entidad política, pues se requerirá un apoyo multimillonario para renacer de sus cenizas. Queda de manifiesto el dolor y la fragilidad humana ante los desastres naturales, mismos que desafortunadamente, como cumplimiento de las profecías, seguirán en aumento en intensidad y frecuencia pues la mano de Dios pegará con fuerza a uno y otro lado del Atlántico, ante una humanidad que se empeña en vivir en contra de la Ley de Dios.  Y esta es la razón profunda de tanto sufrimiento y de tan gran magnitud: el hombre debe convertirse y volver a Dios.

Es necesario y mandatorio  rezar el santo rosario por la paz del mundo y para que Nuestro Señor calme la naturaleza, "pues sucederá que sobre la tierra vendrán grandes desastres y calamidades que traerán desolación. La tierra se convertirá en un lugar difícil y peligroso para la vida..." Así pues, la naturaleza continuará rebelándose contra la humanidad: tormentas, temblores, terremotos, tsunamis, astrales, inundaciones, volcanes y fuego. Sólo el desagravio y el amor al Padre, Hijo y Espíritu Santo y a la Santísima Virgen serán la salvación de la humanidad. Cada día será mayor el peligro y la destrucción. El odio, la venganza y la vida consagrada a lo material y los vicios traerán más matanzas; los seres humanos se matarán unos a otros entre sí, pues falta virtud.

Por tanto, recomendamos que todos los días se suplique a la Madre de Dios su protección y la de todo el séquito divino. Son tiempos extremadamente graves y peligrosos para la vida y para la fe.

Súplica de Protección a la Purísima del Pozo

Santa Madre de Dios, Virgen Purísima del Pozo, nuestra Señora del Rosario, yo me refugio en la luz de tus estrellas. Cobíjame bajo tu manto protector y permite que la luz que emana de nuestro Señor, tu amado Hijo Jesús, Dios de Luz, siempre me ilumine y me ampare. No permitas que el cirio de la esperanza se apague, que siempre ilumine mi casa. Prometo amar a Dios sobre todas las cosas y ser fiel al amor de los amores, a Nuestro Señor Jesús y ti Madre Purísima del Pozo.

Porque escucho el "No tengan miedo", hoy me acojo a tu promesa y te suplico:

Cuando el viento sople con furia, Purísima del Pozo, ven en mi auxilio, quédate conmigo y protégeme. Cuando las aguas suban rugientes, Purísima del Pozo, ven en mi auxilio, quédate conmigo y protégeme. Cuando el fuego se inflame y sea implacable, Purísima del Pozo, ven en mi auxilio, quédate conmigo y protégeme. Cuando la tierra se estremezca violentamente, Purísima del Pozo, ven en mi auxilio, quédate conmigo y protégeme.

No temo porque te he recibido en mi casa y mi corazón, demostrando así mi amor  por lo creado por el Padre Eterno. No temo porque he recibido en mi casa y mi corazón al Dios Creador que es Trino, amando un sólo Dios en sus tres Divinas Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Creo firmemente que Dios Trino y Su creación son la Plenitud eterna.

Virgen del Rosario, Purísima del Pozo, quiero ser fiel a tu Hijo y amarlos por siempre. Madre Santísima, confío en que siempre Jesús y tú estarán conmigo y me protegerán librándome del maligno y de todo mal. También confío en que me auxiliarás y abogarás ante tu Amado Hijo para que, cuando Dios lo disponga, pueda yo nacer a la vida eterna y ver la luz de la felicidad para siempre, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amén.

Luis Eduardo López Padilla

Enero 15 del 2010

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