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La Flagelación de la Iglesia - Primera Parte

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La Iglesia está llamada a una gran pasión – al igual que Su Fundador – pero a diferencia de Jesucristo que era inocente y asumió el pecado para redimirnos, nosotros somos los únicos culpables de las grandes llagas y heridas que sufre la Iglesia. Por eso nuestro sufrimiento y nuestra pasión será “siete” 7 (número bíblico que significa plenitud. Es decir, que el sufrimiento de la Iglesia llegará a su máximo necesario) veces más intenso y más doloroso. Las palabras de Jesús son inequívocas:                                           

“Hijas de Jerusalén. No lloréis por mí. Llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. Pues si esto han hecho con el leño verde, que soy Yo; ¿qué no harán con el seco, que son ustedes?” (Lc 23, 28 y 29). 

 

La Iglesia entonces tendrá que experimentar todos los sufrimientos y las traiciones que el mismo Jesucristo experimentó.  Dice Jesucristo:

 

“Si el mundo os odia, sabed que primero me odió a mí… acordaos de esta palabra que os dije: no es el siervo más grande que su Señor. Si me persiguieron a mí también os perseguirán a vosotros…” (Jn 15, 18-20).

Recordemos que, desde su fundación, la Iglesia ha sido sometida a grandes persecuciones, como las diez grandes persecuciones romanas empezando con Nerón en el año 64 hasta Diocleciano en el año 311. Posteriormente, la invasión de los bárbaros a Europa con el saqueo de Roma; la aparición de Mahoma que es la línea árabe de la descendencia de Abraham por Ismael, dando comienzo a la era musulmana, donde los árabes se apoderan de España y los cristianos estarán luchando contra el islam durante ocho siglos; la lucha por las investiduras; las cruzadas; la Guerra de los 100 años (1337 y 1453) entre Francia e Inglaterra.

Luego en el orden de las ideas en el siglo XVIII el surgimiento en 1717 de la primera logia masónica, cuyo veneno está inoculado hoy en día en las altas esferas de la Iglesia. El surgimiento de la Ilustración y el Iluminismo, con los llamados enciclopedistas como Voltaire, Rousseau y Montesquieu quienes van a privilegiar a la diosa razón por encima de la fe.  El surgimiento del Racionalismo en el siglo XIX y el desarrollo del ateísmo en los ambientes intelectuales y científicos. La filosofía alemana promueve el Idealismo y el Positivismo.  

El Liberalismo como doctrina del siglo XIX y las Guerras Carlistas en España.  El siglo XX es el siglo de los totalitarismos con la revolución bolchevique a la cabeza dando lugar al marxismo, leninismo y comunismo como doctrinas de estado; así como el nazismo. Y en este siglo el resultado de falsas ideologías como el aborto, la planeación familiar, la ideología de género, las relaciones homosexuales y lésbicas.

Desafortunadamente, y sin negar las fuerzas oscuras que externamente han fracturado a la Iglesia, estas persecuciones y traiciones han venido gestándose principalmente desde dentro. Recordemos la rebelión del ilegítimo Patriarca Focio a fines del siglo IX que luego va a concretarse en el Gran Cisma de Oriente con la división de los católicos en el año 1054, con el Patriarca Ortodoxo Miguel Cerulario. División que continúa hasta nuestros días.

A fines del siglo XIV tenemos el gran Cisma de Aviñón o Cisma de Occidente con el destierro de los antipapas Clemente VII y Benedicto XIII.  Y la ruptura protestante en el siglo XVI dando lugar a los luteranos, al protestantismo y calvinistas, así como a la Iglesia Anglicana, negando la autoridad del magisterio jurídico, los sacramentos y la justificación de la fe sin las obras.

El pensamiento teológico-político cristiano siempre ha creído que aquí estaba la peor amenaza: no las persecuciones en sí, sino un odio persecutorio del mundo que se sirve de la demolición de la fe desde dentro, por medio de la apostasía de la verdad. 

No es casualidad –basándose en la Sagrada Escritura– que la Iglesia enseñe que el Anticristo se presentará como “impostura religiosa” y que será la mayor encarnación de esta amenaza constante. 

 Lo explica bien, en el n. 675, el Catolicismo de la Iglesia Católica: 

“Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes. La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra desvelará el “Misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne”

Por eso la Iglesia siempre ha buscado –en la medida de lo posible, en la hostil oscuridad del mundo– impedir que las fuerzas mundanas pudieran minar la pureza de la fe, de la doctrina católica, y desnaturalizar la misión divina de la Iglesia. La Iglesia siempre ha sabido que sufriría la persecución, y que no debía temer el martirio del cuerpo. Pero siempre ha procurado protegerse de los poderes mundanos y las herejías que atentan al alma de la Iglesia.

La Virgen Santísima sabía que todo esto podía ocurrir si dejábamos las armas de la oración y el sacrificio, tanto pastores y fieles. Lo vino advirtiendo desde su aparición en París en 1830 con la Medalla Milagrosa, y lo recordó principalmente en La Salette. Y luego en este siglo en varios lugares más; y ya al Padre Gobbi le detallaba en 4 temas puntales: Confusión, Indisciplina, División y Persecución desde el interior de la Iglesia misma.  

Una Catástrofe Profetizada

El Papa Pío X, en una luz clarividente decía en 1907:  

“Lo que sobre todo exige de Nos que rompamos el silencio, es la circunstancia de que al presente no es menester ya ir a buscar a los fabricadores de errores entre los enemigos declarados; se ocultan, y esto es objeto de grandísima ansiedad y angustia, en el seno mismo y dentro del corazón de la Iglesia. Enemigos, a la verdad, tanto más perjudiciales cuanto lo son menos declarados” (Pascendi; citado por Encíclicas Pontificias, 1832-1965, 4ª ed., P. Federico Hoyos, 2 vols., Editorial Guadalupe, Buenos Aires, 1963; la Encíclica en el vol I, p. 781-813).   

El Santo Pontífice aclara que prescinde de las intenciones reservadas al juicio de Dios, pero, objetivamente, se comportan como enemigos de la Iglesia porque “traman su ruina” no desde fuera, “sino desde dentro: en nuestros días, agrega, el peligro está casi en las entrañas mismas de la Iglesia”; estos autores han aplicado el veneno no a las ramas del árbol ni a los renuevos “sino a la raíz misma y a sus fibras más profundas” (Ídem). 

Hay que estar ciegos para no captar la profundidad y penetración sobrenatural y profética que tenía Pío X, quien ejercía su misión de guardar con suma vigilancia el depósito tradicional de la Santa Fe. Por eso le era imposible “guardar silencio”. De ahí pues el ataque preventivo que veía el Papa contra el modernismo, que “no es tanto un sistema de doctrina herética cuanto un modo herético de pensar” (Joseph Lortz, Historia de la Iglesia, p. 606. Madrid, 1962). Es precisamente ese modo el que se actúa “en el seno mismo y dentro del corazón de la Iglesia”.

A su vez, el entonces Secretario de Estado de Pío XI, Mons. Pacelli, futuro Pío XII, dijo: 

“Escucho a mi alrededor a los innovadores que quieren desmantelar la Capilla Sagrada, destruir la llama universal de la Iglesia, rechazar sus ornamentos, hacer que se arrepienta de su pasado histórico… Vendrá un día en que el mundo civilizado renegará de su Dios, en el que la Iglesia dudará como San Pedro dudó”.               

Luego vino el Cardenal Roncalli, patriarca de Venecia, quien al ser elegido Romano Pontífice tomó el nombre de Juan XXIII. Este asumió una postura de diálogo y tolerancia que favoreció al comunismo y al socialismo de su tiempo. La gran sorpresa de este Papa fue el anuncio del Concilio Vaticano II que convocó el 25 de enero de 1959, a los pocos meses de su elección y del que preveía una “nueva primavera para la Iglesia”. 

 La Iglesia Católica entró dividida al Concilio Vaticano II y salió de él enfrentada en dos bandos irreconciliables que mantienen aún hoy sus profundas diferencias; lo que dio lugar a dos difundidas interpretaciones del concilio. La diferencia, como apunta Ricardo de la Cierva, parece ser muy sencilla: la interpretación de los teólogos progresistas es de signo modernista, protestante y sobre todo, político de izquierdas; sin el menor asomo de preocupación religiosa y pastoral (Historia Esencial de la Iglesia Católica en el Siglo XX. Editorial Fénix. Madrid 1997).               

Cardenal Joseph Ratzinger 

Poco después de la conclusión del concilio se inició una demolición en la Iglesia Católica, de la que por cierto habló claramente el entonces Cardenal Ratzinger en la entrevista que le concedió al periodista italiano Vittorio Messori (Informe sobre la Fe. Bac Popular. 1985. 50 Ídem p. 35 y 36).

Ciertamente el concilio no fue el culpable de la “auto demolición” sino la perversión del concilio; la infiltración implacable y tenaz de las fuerzas ocultas al interior de la Iglesia. Algunos textos dichos por el entonces Cardenal Ratzinger clarificarán las raíces de esta crisis que ha golpeado a la Iglesia desde los tiempos del Concilio Vaticano II:                                               

“Resulta incontestable que los últimos veinte años han sido decididamente desfavorables para la Iglesia Católica. Los resultados que han seguido del concilio parecen oponerse cruelmente a las esperanzas de todos, comenzando por las del Papa Juan XXIII y, después, las de Pablo VI. Los cristianos son de nuevo minoría, más que en ninguna otra época desde finales de la antigüedad.” 

“Los Papas y los padres conciliares esperaban una nueva unidad católica y ha sobrevenido una división tal que –en palabras de Paulo VI– se ha pasado de la autocrítica a la autodestrucción... Esperábamos un salto hacia delante, y nos hemos encontrado ante un proceso progresivo de decadencia que se ha desarrollado en buena medida bajo el signo de un presunto “espíritu del concilio”, provocando de este modo su descrédito” (Ídem, p 35 y 36).                                                

Paulo VI

Fue tal la debacle y la profunda crisis y división de la Iglesia en los años posteriores al concilio, junto con la amenaza del marxismo con la Teología de la Liberación, particularmente de la Iglesia norteamericana y otras naciones tercermundistas; así como el rechazo casi unánime de laicos católicos, moralistas, sacerdotes y obispos en contra de la Humanae Vitae, y la no menos grave infiltración masónica y de la mafia en los engranajes financieros del Vaticano, y como colofón, la confusión de graves errores doctrinales en la Iglesia sobre Cristo, la Eucaristía, el Sacramento de la Penitencia con abusos de absoluciones generales, la doctrina sobre el pecado original, un equivocado ecumenismo e indiferentismo y progresismo religioso, que llevó a Pablo VI a hablar del “humo del infierno que había penetrado dentro de la Iglesia de Dios”.  

En efecto, Paulo VI en plena Basílica de San Pedro durante la alocución Resistite fortes in fide pronunciada en la fiesta del Apóstol Pedro dijo las siguientes palabras refiriéndose a la situación de la Iglesia:

“Tengo la sensación de que por alguna grieta ha entrado el humo de Satanás en el Templo de Dios. Ahí está la duda, la incertidumbre, la complejidad de los problemas, la inquietud, la insatisfacción, la confrontación. Ya no se confía en la Iglesia, se confía en el primer profeta profano que nos venga a hablar por medio de un periódico o movimiento social, a fin de correr tras él y preguntarle si tiene la fórmula de la verdadera vida… Entró la duda en nuestras conciencias y entró por puertas que deberían estar abiertas a la luz… 

“También en la Iglesia reina esta situación de incertidumbre. Pensábamos que después del concilio vendría un día soleado para la historia de la Iglesia. Vino por el contrario un día lleno de nubes, de tempestad, de oscuridad, de indagación, de incertidumbre… ¿Cómo ha sucedido esto? El Papa confía a los presentes un pensamiento suyo: que se ha producido la intervención de un poder adverso. Su nombre es Satanás, ese ser misterioso que también es aludido por San Pedro en su Epístola… Creemos –observa el Santo Padre– que algo preternatural vino al mundo precisamente para perturbar, para sofocar los frutos del Concilio Ecuménico y para impedir que la Iglesia prorrumpiera en un himno de alegría por haber readquirido la plenitud de su conciencia sobre sí misma” (Insegnamenti di Paolo VI. Políglota Vaticana, vol. X p. 707 y siguientes).   

El mismo Papa ante su confidente Jean Guitton, poco antes de morir, hizo la siguiente confesión dramática: 

“Hay una gran turbación en este momento de la Iglesia y lo que se cuestiona es la fe. Lo que me turba cuando considero al mundo católico es que dentro del catolicismo parece a veces que puede dominar un pensamiento de tipo no católico, y puede suceder que este pensamiento no católico dentro del catolicismo se convierta mañana en el más fuerte. Pero nunca representará el pensamiento de la Iglesia. Es necesario que subsista una pequeña grey, por muy pequeña que sea” (Revista 30 días # 97 (1995) p. 44 y ss.).

Juan Pablo II en 1980      

En relación con el mensaje de Fátima, el Papa Juan Pablo II, a una pregunta específica sobre el futuro de la Iglesia respondió lo siguiente:

“Debemos prepararnos para sufrir, dentro de no mucho, grandes pruebas, que exigirán de todos nosotros la disposición de ofrecer la propia vida, y una dedicación total a Cristo y por Cristo… Con vuestra oración y la mía es posible mitigar esta tribulación, pero no será posible evitarla, porque sólo así la Iglesia podrá ser efectivamente renovada. ¡Cuántas veces de la sangre ha brotado la renovación de la Iglesia! No será de otro modo esta vez. Tenemos que ser fuertes, prepararnos, confiar en Cristo y en su Madre Santísima, y ser muy, muy asiduos al rezo del santo rosario.”

Por tanto, el Papa habla de castigos tanto materiales como espirituales. Y un atento discernimiento a estas últimas palabras, descubrimos verdaderas luces para quien quiera entender lo que el Papa transmitió en esa ocasión sobre lo que le espera al futuro de la Iglesia a la luz del mensaje de Fátima:

  • • Grandes pruebas y sufrimientos
  • • Exigirán incluso el martirio
  • • Ya no hay forma de evitar la tribulación, acaso solo de mitigar
  • • La Iglesia será acrisolada mediante la sangre
  • • Confiar y abandonarnos en la oración de la mano de María Santísima

Benedicto XVI

Poco antes de ser electo Papa, y en virtud de la avanzada enfermedad en que se encontraba Juan Pablo II, al Cardenal Ratzinger le asignaron la meditación y lectura de las estaciones del Vía Crucis del año 2005, y en la Novena Estación pronunció estas palabras impresionantes:   

¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz? Quizás nos hace pensar en la caída de los hombres, en que muchos se alejan de Cristo, en la tendencia a un secularismo sin Dios.

Pero ¿no deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y maldad de corazón donde entra a menudo. ¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta de él! ¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! 

¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! También esto está presente en su pasión. La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, ¡sálvanos!

Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo. Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los empañamos nosotros mismos. Nosotros quienes te traicionamos, no obstante, los gestos ampulosos y las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia…”

www.vatican.va/news_services/liturgy/2005/via_crucis/

Benedicto XVI tenía clara conciencia desde el inicio de su pontificado de la situación de la Iglesia. y procuró que el pueblo cristiano lo intuyera precisamente en esa misa de comienzo de pontificado, es decir, el acontecimiento más solemne y público. Increíblemente, sus palabras, verdaderamente inusuales para tales ceremonias y para un hombre como Ratzinger, pasaron casi inobservadas, pero esto tampoco pudo ser una casualidad. Dijo en su homilía: “Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante los lobos”. Homilía de Su Santidad Benedicto XVI, 24 de abril de 2005, https://w2.vatican.va/content/benedict–xvi/es/homilies/2005 

Nadie se preguntó el motivo de esa expresión sorprendente, o quienes podrían ser los lobos a los que aludía. Nadie se preguntó por qué un hombre siempre prudente y mesurado como Joseph Ratzinger había decidido lanzar esa “bomba” en un momento tan solemne en el que tenía sobre sí los ojos de la Iglesia y del mundo.                                              

Nadie se preguntó cuál era el conflicto titánico que Benedicto XVI sabía que tenía que afrontar. No era sólo un conflicto con el mundo –de repente contrario a la Iglesia–, sino también dentro de la propia Iglesia.

Y sobre el sufrimiento al interior de la Iglesia, el Papa fue muy explícito en su viaje a Portugal, su peregrinación a Fátima del 11 de mayo del 2010, con ocasión de la beatificación de los niños Francisco y Jacinta:

“El Señor nos ha dicho que la Iglesia tendría que sufrir siempre, de diversos modos, hasta el fin del mundo. (…) La novedad que podemos descubrir hoy en este mensaje (tercer secreto del mensaje de Fátima) reside en el hecho de que los ataques al Papa y a la Iglesia no sólo vienen de fuera, sino que los sufrimientos de la Iglesia proceden precisamente de dentro de la Iglesia, del pecado que hay en la Iglesia. También esto se ha sabido siempre, pero hoy lo vemos de modo realmente tremendo: que la mayor persecución de la Iglesia no procede de los enemigos externos, sino que nace del pecado en la Iglesia”(Palabras del Santo Padre Benedicto XVI a los periodistas durante el vuelo hacia Portugal, 11 de mayo de 2010).

Tomado del Capítulo VII del libro María Santísima a la luz del Final de los Tiempos de reciente publicación de su autor LUIS EDUARDO LÓPEZ PADILLA.

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